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“Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, hospedaos en mi casa” (Hechos 16:15).

En  Filipos no había creyentes suficientes para organizar una sinagoga. Se  necesitaban diez jefes de familia para que eso ocurriera. Entonces,  cuando eso sucedió, un grupo de oración al aire libre, cerca de un río,  congregaba a los pocos creyentes.

Lidia, original de Tiatira, era  vendedora de púrpura. Los tejidos de púrpura eran raros y costosos; por  lo tanto, eran utilizados por personas de la realeza y por los ricos.  Era un negocio sumamente lucrativo. La casa de Lidia era muy amplia, con  lugar suficiente para albergar creyentes y cobijar una naciente  iglesia. Antes de abrir su casa a la difusión del evangelio, abrió su  corazón, recibió el mensaje, fue bautizada y se constituyó en una  adoradora de Dios. Ella pidió que tanto Dios como el mensaje quedaran en  su casa, en su familia... y en su vida. No le interesa al  Señor, y no nos sirve a nosotros, que él tan solo pase por nuestra casa o  nuestra vida; necesitamos que él pose, que permanezca para siempre.

Mientras  tanto, una joven esclava, que tenía espíritu de adivinación y que  producía un gran negocio para sus dueños, salió al encuentro de Pablo  con alaridos estruendosos, que la gente consideraba como oráculos  divinos. Los dueños de esta esclava habían descubierto el extraño poder,  y lo estaban explotando para su propio beneficio. La muchacha  interrumpía el caminar misionero de los apóstoles. Aun poseída por el  demonio, gritaba animando al pueblo a seguir la enseñanza apostólica  presentada por los siervos del Altísimo, un Dios más alto que Zeus, el  dios más supremo que ellos tenían.

Los siervos de Dios, en el  nombre del Altísimo, liberaron a aquella mujer de la presencia del  demonio, y abrieron para ella una nueva vida. Esto generó bendición para  la mujer y una fuerte oposición para los misioneros, porque no solo  afectaron el negocio de aquellos dueños sino también los del mismo  enemigo de Dios.

Para Dios no hay primeros ni últimos. Tanto para  la acaudalada empresaria como para la joven esclava, existen los mismos  ofrecimientos y oportunidades de salvación; como así también el mismo  escozor en las huestes del mal.

“Por los esfuerzos de Satanás  para destruirla, la simiente incorruptible de la Palabra de Dios, la  cual vive y permanece para siempre, se esparce en los corazones de los  hombres; por el oprobio y la persecución que sufren sus hijos, el nombre  de Cristo es engrandecido y se redimen las almas” (Elena de White, El discurso maestro de Jesucristo, p. 32).

Renueva ahora tu compromiso de fidelidad con Jesús y con su Palabra. No pases de largo. ¡Quédate con él!