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Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5).

Spurgeon  cuenta que Melancthon lloraba por las divisiones entre los protestantes  y buscaba la unidad. Así, enseño la parábola de los lobos y los  perros.

Los lobos tenían miedo porque los perros eran muchos y  fuertes. Por lo tanto, enviaron un espía para observarlos. Al volver, el  espía dijo: “Es cierto que los perros son muchos, pero pocos son  grandes y fuertes. La mayoría de ellos son perros pequeños, que ladran  fuerte pero no muerden. Sin embargo, hay algo extraño: todos intentan  morderse entre sí. Y, aunque nos odian, también se odian entre ellos  mismos”.

Me entristece pensar que esta “historia” se repite en  nuestros días. Pareciera que muchos seguidores de Jesús están más  interesados en morderse el uno al otro, en lugar de guardar sus dientes  afilados para los lobos.

Pablo dice que haya entre los  filipenses y entre nosotros la mejor actitud conforme al modelo del  mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. El apóstol sabía que, para  producir armonía y unión, primero habría que engendrar humildad. Cuando  cada uno esté dispuesto a ser menos y colocar a sus semejantes más  arriba que ellos mismos, entonces podrá haber un final para el espíritu de contienda, divisiones y conflictos.

Jesús es el mayor ejemplo divino de amor y abnegación, y deberíamos imitarlo diligentemente. Solo aquel que esté dispuesto a no ser nada será poseedor de todo. Necesitamos  la misma actitud, los mismos sentimientos y la misma abnegación que  Cristo. El amor y el sacrificio de Cristo son nuestro modelo y  referencia de amor entre nosotros.

Él era Dios por naturaleza y  por esencia, diferente de Adán, que fue creado a la imagen de Dios. Pero  no se aferró a eso; se despojó, se vació, dejó a un lado su trono, se  encarnó en nuestra miseria, se rebajó voluntariamente, depuso su  igualdad con el Padre, se limitó en el uso de sus poderes divinos y  nunca los usó en favor de sí mismo. No solo se hizo hombre sino también  siervo, esclavo, asumió nuestra humanidad con todos sus dolores, se hizo  obediente a su misión, hasta soportar la peor humillación, con la peor  muerte: la cruz.

Nuestra lucha no es contra nuestro hermano. “El  enemigo a quien más hemos de temer es el yo [...]. Ninguna victoria que  podamos ganar es tan preciosa como la victoria sobre nosotros mismos” (Elena de White, El colportor evangélico, p. 202).

Sometidos al Cordero, el lobo huirá de nosotros. Por eso, usa “tus garras” para vencer a los lobos.