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“Sirviendo al Señor con toda humildad, con muchas lágrimas” (Hechos 20:19).

Si  preguntamos a un químico qué es una lágrima, nos dirá que es una  solución acuosa compuesta por clorato de sodio y otras sustancias  químicas.

Si preguntamos a un estoico, nos dirá que es una señal de flaqueza.

Por su parte, un fisiólogo nos responderá que es un líquido lubricante para mantener los ojos húmedos.

Si  habláramos con un epicúreo, nos dirá que no significa nada, y nos  recomendará comer, beber y gozar de la vida porque mañana moriremos.

Ya  sea que consultemos a unos o a otros, la realidad es que las lágrimas  existen y, aunque no todas expresan angustia o dolor, muchas de ellas  nos hablan de un corazón herido, de un hogar desecho, de una salud  quebrantada, de un recurso faltante o de la pérdida irreparable de un  ser querido.

Jesús lloró al vernos dispersos como ovejas sin  pastor. Pablo también derramó lágrimas; en realidad, sirvió al Señor con  lágrimas. Aunque enfrentó muchas dificultades personales, no se ve al  apóstol derramar lágrimas por su propio sufrimiento. No obstante, sí lo  hace por ser perseguido y enfrentar una fuerte oposición a la  predicación del evangelio (Hech. 20:19) y cuando se angustiaba por las  personas que necesitan aceptar el mensaje de Dios y ser convertidas  (Hech. 20:31).

En toda su vida, Pablo se entregó completamente  para servir al Señor y a la iglesia. Y lloró, pero no por las heridas y  los desprecios que él hubiese recibido como siervo y esclavo de Cristo.  Lloró por sus hermanos judíos que rechazaban la salvación. Se apenó por  las piedras que colocaban en el camino de la verdad. Sintió dolor por  todos aquellos que se perdían. Experimentaba tristeza por la dureza de  los corazones humanos. Él mismo aconsejaría años más tarde que no  sufrieran como resultado de malas decisiones y acciones, pero sí animó a  no avergonzarse del sufrimiento por la causa de Cristo sino, más bien,  agradecer, dar gloria a Dios y seguir adelante.

¿Estás derramando lágrimas por la salvación de los que sufren y para que el evangelio pueda llegar a todos? Sigamos el ejemplo de Pablo, tal como lo describe Elena de White: “Predicando  el arrepentimiento, el retorno a Dios y la fe en nuestro Señor  Jesucristo. Se encontraba con los hombres en sus hogares y les suplicaba  con lágrimas, declarándoles todo el designio de Dios” (El ministerio de la bondad,  p. 65). Y recordemos Salmo 126:6: “Porque irá andando y llorando el que  lleva la preciosa semilla, pero al volver vendrá con regocijo trayendo  sus gavillas”.