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“Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos  dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa”  (Hechos 16:30, 31).

El enemigo quiso acallar la voz de los  predicadores, y envió a Pablo y a Silas a la cárcel. Dios podía haberlo  impedido, pero lo permitió para cumplir propósitos que iban más allá de  lo visible. Los misioneros confiaron porque sabían que a los que aman a  Dios todas las cosas les ayudan para bien.

El carcelero tenía la  orden de mantener bajo suprema vigilancia a esos dos presos especiales, y  tomó todos los recaudos necesarios. Pablo y Silas fueron azotados y  encarcelados en las peores celdas, en el fondo, en un lugar oscuro, con  escaso aire y con ajustados cepos que atrapaban sus pies. De repente,  sucedió lo inesperado: la tierra se movió. El carcelero presupone que  ese es su fin, y saca su espada y decide matarse. Después de todo, la  única razón y misión de su función era mantener a los presos a salvo, es  decir, presos. Cuando Pablo le dice que nadie se escapó y que todos  estaban ahí, él percibe que Alguien más está detrás de toda esta  historia, y entonces pregunta qué debe hacer para ser salvo.

Él  estaba totalmente confundido. Nunca antes había visto ni escuchado a  presos cantar y alabar a Dios en paz. No era muy lógico. Más que presos  parecían ángeles. Es evidente que el enemigo quiso desanimar a los  predicadores, pero aun presos ellos seguían animados, orando, cantando y  testificando. “Aunque el cuerpo está encarcelado, aunque la  carne está en prisión, todas las cosas están abiertas al espíritu. La  pierna no siente la cadena cuando la mente está en el Cielo”, declaró Tertuliano.

El  enemigo puso cárceles y custodios para evitar la predicación, y la  cárcel fue abierta; y los custodios y sus familias, convertidos y  bautizados. Un terremoto termina en fiesta, en la que se celebra la  nueva vida.

Para ser salvo, solo había que creer. ¿Qué significa eso realmente? Creer es reconocer nuestra total insuficiencia y aceptar y confiar en la suficiencia de Dios. Es  reconocer nuestra absoluta indignidad, mientras aceptamos la total  dignidad del Señor para salvarnos. Es reconocer que es nuestra  independencia lo que nos lleva a la muerte, y que es la dependencia  permanente de Jesús lo que nos lleva vida.

Que esta pueda ser hoy tu oración: “Señor,  dejo de lado mi insuficiencia, mi indignidad e imposibilidad. Ayúdame a  depender permanentemente de ti y que, sin importar las circunstancias  que tenga que enfrentar, viva una vida de oración y estudio de tu  Palabra todos los días”.