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“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado” (Hechos 20:33).

Son  conocidos popularmente como sanguijuelas o parásitos chupasangre. Hay  marinos y terrestres. Son elásticos y flexibles, y pueden vivir unos 27  años. Son depredadores y se alimentan de gusanos y larvas, entre otros.  Ciertas especies se alimentan de la sangre. ¿Cómo lo hacen? Se adhieren  al organismo y con las mandíbulas cortan la piel de sus presas hasta que  sangran. Luego, con la ventosa posterior succionan la sangre al mismo  tiempo que liberan un anestésico que evita el dolor (para que la víctima  no sienta nada), un vasodilatador para que las venas cercanas al corte  liberen mayor cantidad de sangre y un anticoagulante. La cantidad de  sangre que succionan no es peligrosa ni para un niño, y no transmiten  enfermedades.

La codicia actúa como una sanguijuela chupasangre.  Salomón dice que la sanguijuela tiene dos hijas que dicen: “¡Dame!  ¡Dame!” (Prov. 30:15). En otras palabras, la codicia solo puede producir más codicia. Los que pretenden las posesiones de otros nunca se satisfacen. Como  la sanguijuela que succiona sangre de todo aquel a quien se le adhiere,  así hace la codicia: siempre va a querer más y más de los demás. En la  lengua original del Nuevo Testamento, significa “deseo de tener más”; es  decir, un deseo ingobernable de consumir y controlar lo que otros  tienen, para poseer más de lo que ya tenemos.

Pablo fue acusado  de avaricia, implicando que su pasión por la evangelización escondía el  interés por los bienes materiales de los conversos. Él tenía derecho de  pedir donativos por sus labores, pero no lo hizo. Con su notable  influencia sobre la gente, podría haber conseguido beneficios materiales  y enriquecerse. Pero él sabía vivir modestamente y tener abundancia;  sabía contentarse, cualquiera que fuera su situación. Nunca obtuvo  ganancia de los corintios ni dádivas de los filipenses; él mismo se  sostenía trabajado con sus manos, sin permitir que lo sostuvieran.

El  mismo Pablo pone en claro que el amor al dinero es la raíz de todos los  males; por eso, la codicia está condenada por el mismo Decálogo. “La  avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo  interminable por satisfacer sus necesidades sin llegar nunca a  conseguirlo”, declaró Erich Fromm.

Es necesario  prevenir el gran mal de la codicia. Y, si ya estamos afectados,  procuremos la cura, porque “por medio de su experiencia y ejemplo  manifestarán que la gracia de Cristo tiene poder para vencer la  codicia y la avaricia; y la persona que somete a Dios los bienes que le  han sido confiados será reconocida como un mayordomo fiel, y podrá demostrar ante otros que cada peso que posee lleva la marca y el sello de Dios” (Elena de White, Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 21).