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“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno” (Colosenses 4:6).

Más  allá de que el abuso del consumo de sal puede resultar perjudicial para  la salud, no podemos negar sus beneficios. La sal marina tiene  numerosas virtudes para nuestra salud ya que aporta minerales,  suministra el magnesio necesario, regula los niveles de azúcar en sangre  y fija el agua a nuestro organismo.

El cloruro de sodio es  fundamental para producir algunos ácidos que nos permiten digerir  proteínas y enzimas, regula el funcionamiento equilibrado del cerebro,  aumenta y mejora el sistema inmunológico y, por tanto, la resistencia  frente a infecciones. Los baños en agua con sal marina mejoran la  circulación, favorecen la curación de enfermedades cutáneas e hidratan  la piel.

¿Por qué Pablo dijo que nuestras palabras tienen que  tener gracia, ser sazonadas y convenientes? Está claro que hay formas y  formas de decir las cosas, que podemos invalidar o convalidar un  contenido veraz por la forma en que lo expresamos.

Por otro lado,  el mismo Jesús nos mostró que la sal (que da sabor agradable a los  alimentos) es el símbolo de los hijos de Dios, cuya vida y testimonio  deben ser llenos de sabor y atractivo. El creyente es la sal de la  Tierra. No hay nada más llano, insípido y mortífero que los cristianos  sin influencia, cuya vida es sin relieve y llena de palabras vacías de  sentido.

Así como la sal detiene la corrupción y al  mismo tiempo produce necesidad de agua, el creyente es un freno a la  corrupción y produce sed, lo que lleva a las personas a recurrir a  Jesús, la Fuente de agua viva.

Pablo animó a que la  forma de hablar de los cristianos fuera “sazonada con sal”, metáfora que  significaba una actitud saludable y atrayente. Cuando el cristiano abre  la boca, deben fluir palabras agradables, provechosas y edificantes.  Tal fue la importancia de la sal que durante muchos siglos llegó a  servir como moneda de cambio.

Elena de White nos deja este  desafío: “Al pronunciar palabras vacías y necias, alentamos a otros para  permitirse la misma clase de conversación [...]. Nuestros labios  deberían pronunciar únicamente palabras puras y sanas. Nadie puede  imaginar cuánto pecado proviene de las palabras descuidadas, necias y  sin sentido [...]. Cada palabra que habláis es una semilla que germinará y producirá frutos buenos o malos de acuerdo con su carácter” (La fe por la cual vivo, p. 238).

Solo de una vida sazonada por la permanente presencia de Cristo pueden salir consejos y palabras sazonadas.