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No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).

Había  aprendido a contentarse, no en el sentido de dejarse estar, sino en el  sentido de bastarse a sí mismo, pues Cristo estaba con él. El apóstol no  se limita a las situaciones. Aprender a contentarse no significa falta  de interés o compromiso con el progreso y el crecimiento. No son las situaciones las que iban a definir su temperatura; era Pablo el que impondría la temperatura del ambiente.

El termómetro es  un instrumento que sirve para medir la temperatura del ambiente que lo  rodea, de manera que se adapta a su entorno. El mercurio o el alcohol se  contraen o dilatan, marcando el frío o el calor, pero el termómetro no  hace absolutamente nada para cambiar las cosas a su alrededor. Solo  tiene la capacidad de medir, pero no incide ni modifica nada. Se  conforma con contemplar los eventos y las circunstancias, como simple  espectador. Su principal virtud y propósito es informar.

Por su parte, el termostato es  un dispositivo que, conectado a una fuente de calor como radiadores,  aires acondicionados y otros, tiene la capacidad de regular la  temperatura de manera automática, impidiendo que suba o baje del grado  adecuado. En otras palabras, tiene la virtud de transformar la  temperatura de su ambiente hasta alcanzar el nivel necesario y  suficiente para que todo a su alrededor funcione perfectamente. No  es un simple espectador sino activo protagonista. Su principal virtud y  propósito es mantener la temperatura o transformar el ambiente.

Muchos son como el termómetro. Solo opinan, hablan, informan, y no hacen nada para cambiar la historia.

Muchos  son como el termostato. No están sometidos a las circunstancias del  ambiente, siempre están contentos, se bastan por sí mismos en Cristo y  son instrumentos para transformar el ambiente.

Son como la sal,  que da sabor; o como la luz, que ilumina la oscuridad. El creyente  termostato según Pablo nunca se deja trastornar ni transformar por el  mundo; más bien él transforma y, si es necesario, trastorna, siempre  para bien.

Elena de White se refiere a estos creyentes  termostatos de esta manera: “Los que aman a Dios tienen el sello de Dios  en la frente y obran las obras de Dios [...] son una influencia  poderosa sobre la vida y el carácter de los que los rodean [...]. Relacionados  con la Fuente del poder, nunca perderían su influencia vital, sino que  crecerían siempre en eficiencia, abundando continuamente en la obra del  Señor” (Hijos e hijas de Dios, p. 53).

Como Pablo, sé un termostato protagonista, activo y transformador.