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“Pero al disertar Pablo acerca de la justicia,  del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó y dijo: Ahora  vete, y cuando tenga oportunidad, te llamaré” (Hechos 24:25).

Félix,  ex esclavo liberto, era un gobernador corrupto y sin escrúpulos. Se  había enamorado de Drusila, hija de Agripa II, una judía de Jerusalén,  que estaba casada con Azizus, rey de Emesa. Esto produjo una guerra en  la que Azizus fue derrotado por las legiones romanas. Cuando Félix  volvió de la batalla, se encontró con este gran misionero y apóstol  llamado Pablo.

El gran apóstol no actúa en carácter de acusado.  Más que defenderse, defiende el mensaje del cual es portador. No ve en  Félix a un gobernante, sino un pecador inquieto asombrado, asustado,  aterrorizado y espantado. Considerando que en su vida antigua Félix  había sido un esclavo tratado de manera injusta y había llegado a ser  gobernador por maniobras y mentiras, Pablo le habla de la justicia de  una conducta correcta hacia Dios y el prójimo.

Desde luego que,  al no verse reflejada su vida en las palabras que escuchaba, Félix  temblaba pensando en el juicio divino. Entonces, Pablo le habla del  dominio propio, algo totalmente opuesto a la vida del gran culpable,  quien pensaba que podía vivir sin rendir cuentas a nadie. Ahora, Pablo  (el acusado) le habla a quien en ese momento era su juez, brindando  tanto para él como para su esposa una oportunidad de salvación frente al  gran Juicio ante el Juez del Universo.

Sin duda, el Espíritu  Santo estaba obrando en aquel hombre, pero él se resistió. Quedó  perturbado por su conciencia culpable; incluso buscó sobornar a Pablo  para dejarlo libre. Mientras tanto, él se hacía más y más prisionero de  sus pecados. Félix no lo rechazó abiertamente, sino que disfrazó su  rechazo, posponiendo. Así, prefirió atrasar el momento de su decisión y  esperar otra oportunidad. Desde ya, esta no llegó porque el “después” es  pariente del “nunca”.

El gran culpable seguía temblando. Es que  una conciencia culpable siempre incomoda. Cuando Félix extendió su mano  para pronunciar una sentencia contra Pablo, también la pronunció contra  sí mismo. “Vete, y más adelante te llamaré”, expresó.

Ante  el Trono de Dios no habrá excusas, mentiras, demoras o indiferencias  que justifiquen nuestra indecisión. El único tiempo aceptable es hoy,  ahora. ¿Durante cuánto tiempo has estado demorando tu decisión  de entrega y de compromiso? Nada resuelve y nada justifica una  tardanza. “Esta vida es el tiempo concedido al hombre a fin de  prepararse para la vida futura. Si descuidara los actuales privilegios y  oportunidades, sufriría una pérdida eterna; no se le daría un nuevo  tiempo de gracia” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 338).