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“Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos,  natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este  había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu  fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor”  (Hechos 18:24, 25).

Apolos era natural de Alejandría. Esta  ciudad era un gran centro cultural y poseía una de las bibliotecas más  grandes del mundo antiguo. Apolos era erudito, capaz, fuerte, elocuente y  un brillante orador. Había sido “instruido”, palabra de la que se  deriva “catequizar” y significa que, además de haber estudiado por sí  mismo, había sido enseñado por alguien. Había aceptado la enseñanza de  Juan el Bautista acerca de Jesús y, con la ayuda de Aquila y Priscila,  su conocimiento de la revelación de Dios, el ministerio de Cristo, la  obra del Espíritu Santo y el papel de la iglesia fue ampliado. Eso lo  llevó a ser aún más eficiente al enseñar diligentemente con precisión y  con esmero.

Él era muy preparado e instruido, pero eso no cerraba las puertas a crecer en el conocimiento. Es  necesario aprender, desaprender y reaprender. Nadie sabe tanto que no  pueda aprender alguna cosa más, y nadie es tan ignorante que no pueda  enseñar.

Después de ampliar sus conocimientos y la  comprensión de la verdad, Apolo se transformó en el predicador favorito  en Corinto, incluso en comparación superlativa por encima de Pablo, pero  él nunca perdió de vista el objetivo, el foco y la misión.

Apolos  tenía en claro su responsabilidad individual, pero al mismo tiempo  sabía que el equipo, el mensaje y el Originador del mensaje estaban por  encima de todo. No es el poder humano lo que asegura el éxito, es la  unión de lo divino y lo humano, la bendición de Dios sobre nuestros  esfuerzos.

“Un Pablo puede plantar y un Apolo regar, pero es Dios  el que da el crecimiento. El hombre no puede hacer la parte de Dios  [...]. Como agente humano, puede cooperar con los seres celestiales, y  con sencillez y humildad hacer lo mejor que pueda, comprendiendo que  Dios es el gran Artífice maestro” (Elena de White, Servicio cristiano, p. 322).

Apolos  no se prestó a crear rivalidad ni enfrentamientos. Al contrario, buscó  sumar, porque “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”(Alfredo Di Stéfano). Pablo afirma que se necesita del que planta y del que riega, pero el crecimiento viene solo de Dios.

Por  eso, te invito hoy a dejar de lado el individualismo y a que unas tus  fuerzas luchando por el crecimiento. Ya lo decía muy bien Martin Luther  King, Jr.: “O aprendemos a vivir juntos como hermanos o vamos a perecer  juntos como necios”.