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“Pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció” (Hechos 28:5).

Aldi  Novel Adilang, joven indonesio de 19 años, sobrevivió 49 días a la  deriva en alta mar en una trampa flotante para peces, en la que  trabajaba cuando los fuertes vientos rompieron las amarras y lo enviaron  mar adentro. Lo rescató un barco carguero cuando se encontraba a más de  2.000 kilómetros de distancia del lugar, en aguas de Guam, y lo dejó en  Japón. Durante su odisea, tuvo que lidiar con la soledad, el miedo, la  sed y el hambre. Tenía una Biblia, y a ella y al Dios de la Biblia se  aferró. Después del rescate, volvió con mucha alegría al seno de su  familia.

La Biblia habla de otro naufragio, que dejó a Pablo y a  sus compañeros de navegación en Malta, una isla rocosa a unos 100 km de  Sicilia, Italia. Ellos son recibidos por los isleños, con clima frío,  pero tratados con calidez. Acaban de emerger de un mar helado y están  alrededor de una hoguera, calentándose. El servicial Pablo ayudaba a  juntar ramas y fue justo en ese momento cuando una víbora se le prendió y  quedó colgando de su mano.

“¿Había andado por el peligroso  océano para morir en la orilla?”, sin duda pensó más de uno. De ninguna  manera. ¿Acaso Dios no había prometido que testificaría de él, delante  del César? Pablo tenía suficientes motivos para seguir confiando.

Mientras  tanto, los isleños, asustados, esperaban que el cuerpo envenenado de  Pablo se desplomara ante sus ojos. Pensaban que estaban en presencia de  un gran malhechor, todavía encadenado y que, habiéndose salvado del  naufragio, era alcanzado por Diké (la diosa del Olimpo, hija de Zeus),  que personificaba la justicia moral. Pero el tiempo pasó y, al ver que  nada sucedía, cambiaron de opinión y consideraron a Pablo un ser  especial, venerándolo como a un dios. Él mantuvo la calma y salió  indemne y prestigiado, ya que no solo quedó demostrada su inocencia,  sino también pudo dar testimonio del poder y el amor de Dios.

Este  hecho no solo muestra el valor de confiar en el Señor, sino también  cuán inestables son nuestros juicios, ya que los isleños pasaron de  considerarlo un reo a considerarlo un dios. Por causa de Pablo, todos  fueron muy bien tratados y suplidas sus necesidades, durante los tres  meses que permanecieron en aquel lugar. “Pablo y sus compañeros en el  trabajo aprovecharon muchas oportunidades de predicar el evangelio. De  manera notable, el Señor obró mediante ellos” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 356).

El  compromiso de Pablo con la misión y la esperanza era tal que nada podía  detenerlo. “La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien,  sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo  resulte” (Vaclav Havel).

Como Pablo, cumplamos siempre el propósito de Dios.