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“Cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más”  (1 Tesalonicenses 4:1).

El enemigo siempre trabaja para  llevarnos a los extremos: o nos agradamos a nosotros mismos o vivimos  pendientes de agradar a todos.

La vida no es un feriado donde cada uno puede hacer lo que quiere. No  vivimos en un parque de diversiones sino en un campo de batalla. La  iglesia no es un crucero de placeres sino un bote salvavidas. No es un  edifico terminado sino un edificio en construcción. Hacer lo  que queremos alimenta nuestro ego. Nadie puede vivir para sí mismo de  manera saludable. Tampoco es posible vivir agradando a todos. Si hacemos  eso, seguro estaríamos pisando principios, y a la postre nos dañamos.

Steve Jobs solía decir: “Si queremos dejar a todos contentos, entonces hay que dedicarse a vender helados”. Si queremos agradar a todos, vamos a integrar en nosotros las incoherencias de la sociedad. Pablo fue muy definido, tenía una prioridad: agradar a Dios. Esto concede estabilidad y seguridad.

Agradar  a Dios debe ser nuestro propósito, responsabilidad y alegría. Agradar  es más que obedecer. Incluye la manera, el modo, la forma y la  motivación con que lo hago. El agradar a Dios no puede ser algo  ocasional, momentáneo o estacional. Debe ser permanente.

Ahora  bien, ¿cómo sabemos lo que le agrada? Preguntándo a él a través de su  Palabra. Esto nos compromete a obedecer a Dios. Desde luego, en una  sociedad sin valores, la obediencia se vuelve complicada en todos los  aspectos. En 1 Tesalonicenses 4:4, el apóstol Pablo usa un ejemplo  relativo al matrimonio y la pureza moral. Cada hombre deber tener una  esposa en santidad y honor en vez de cultivar una pasión desordenada.

Toda  actividad sexual fuera de este contexto de un matrimonio heterosexual y  monogámico distorsiona el plan de Dios. No necesitamos hacer una  encuesta o una investigación para notar cómo se ha cambiado el plan de  Dios original.

Nadie agrada, obedece y honra a otro si no es  sobre la base del amor. Un fiel y amante esposo ama y hace lo que es  agradable para su esposa. Si ama, nada le parece cargoso; si no ama, ni  piensa en agradar, sino tan solo en agradarse.

Cuando  agradamos, obedecemos y glorificamos. Honramos a Dios en nuestro cuerpo,  como también en el cuerpo espiritual, que es la iglesia.