Para Francisco de Asís, el Dios de la revelación es ante todo amor y Padre, es relación, es fraternidad, es comunión con el otro. En esta lógica, es fácil determinar que el saber está al servicio del hombre y debe contribuir activa y dinámicamente al proceso personalizante del hombre hermano, sea cual fuere su origen, su visión, su mentalidad, es hombre y es persona, es un todo en unidad.