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Este mensaje nos confronta con una verdad incómoda pero profundamente liberadora: Dios no se mueve por apariencias, se mueve por corazones. A través del relato de la unción de David, vemos cómo Dios interrumpe el lamento de Samuel por el fracaso de Saúl para abrir un nuevo tiempo de esperanza. No elige al que parece fuerte, preparado oadmirable ante los ojos humanos, sino al que posee un corazón dispuesto, humilde y auténtico delante de Él.

La palabra nos invita a revisar una de las idolatrías más sutiles y peligrosas de nuestra vida espiritual: la idolatría de la apariencia. Esa necesidad constante de parecer fuertes, espirituales, seguros o exitosos, aun cuando por dentroestamos rotos, cansados o llenos de temor. Dios enseña a Samuel —y a nosotros— que mirar solo la superficie conduce al error, porque mientras el hombre mira lo visible, Dios examina lo profundo del corazón.

David no fue ungido por su estatura, ni por su experiencia, ni por su posición familiar. Fue ungido porque su corazón aún conservaba la capacidad de maravillarse con Dios, de confiar como un niño y de depender completamente de Él. La unción no marcó el final de su proceso, sino el comienzo de uno largo,silencioso y muchas veces doloroso. Antes de sentarse en el trono, David tuvo que aprender a ser siervo, a esperar, a huir, a caer y a levantarse sostenido por la gracia.

Este mensaje nos recuerda que seguir a Cristo no nos exime del sufrimiento ni nos garantiza una vida cómoda, pero sí nos asegura algo que marca toda la diferencia: Dios está con nosotros en el proceso. No busca corazones perfectos,sino corazones verdaderos. No demanda apariencias, sino rendición. Y allí donde dejamos de fingir y nos presentamos tal como somos, Dios comienza a obrar salvación, propósito y vida eterna.