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Leerse unas hojitas del libro que te acabás de comprar, sentado en un café es un planazo. Es lindo ver a alguien leyendo en un café. Es lindo verse leyendo en un café. Sería lindo que te vean y se construyan esa imagen. ¿Será verdad lo que dice el rusito del cuento EL INDIGNO de Borges, eso de que “Todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros”?

 

Me gustaría estar leyendo en un café de París o de Berlín o de Tokio, pero no porque el lugar le sume demasiado a esa burbuja en la que te mete un libro, sino porque no entiendo ni francés ni alemán ni japonés, entonces estas dos minas de la mesa de al lado, hablando bastante fuerte, no me obligarían a que me interese tanto por lo que le pasa a una tal Alejandra, amiga de las dos.

(Convengamos que desde la mesa de al lado, un relato es más fácil de seguir que un diálogo).

Yo sigo en la misma hoja del librito y escucho atento.

Está interesante porque una arranca contándole a la otra que Alejandra no quiere ir más al psicólogo porque hace 6 meses que va y llora y no se le va el tema de la cabeza y siente que se está volviendo loca.  

¡Pero, por qué no me pasa a mí, dice la otra, por qué el gordo no se consigue una mina y me deja en paz de una buena vez!

Parece ser que lo mismo decía la tal Alejandra de su ex, pero que nunca pensó que finalmente se iría y mucho menos que fuera capaz de conseguirse/enamorarse de otra que no fuera ella. Y ahora anda con un ataque de locura, de dolor, monotemática, estalquiándole las redes, sintiéndose vieja con 40 años porque la que se consiguió el ex es de 30 y sufriendo. “Ese es el tema, amiga. La Ale está sufriendo”.

Recordé esa frase cliché: El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional.

Se dice fácil.

 

Parece ser que el tipo no era tan salame como lo suponían.

Parece ser que no es verdad que nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros.

Pido la cuenta, pago y me voy. No está bien escuchar conversaciones ajenas.