Los árboles de las sierras mexicanas, son frondosos y anchos, no son puntiagudos como los cipreses que se usan para el arbolito de navidad que se compran en los supermercados. Acá en Jalisco son muy grandes, con ramas robustas y largas que provocan una gran sombra donde la gente acostumbra descansar. Cada plaza de pueblo tiene uno de ellos con bancas a su sombra. Viejos y jóvenes se sientan durante horas bajo el cobijo desinteresado de las gigantescas parotas, primaveras, rosamoradas, ahuilotes, higueras, capomos, cedros y otros más que llevan cientos de años regalando su frescura.
Perdido en la sierra madre occidental en la vertiente de la costa del pacífico hay un pueblito con uno de esos grandes, una parota gigante que nació en medio del atrio de una iglesita desbalagada hasta el fondo de la calle, en esa capillita había un viejito, el padre correa, famoso porque decían que era el que había sembrado la parota cien años atrás, un viejo sabio y bueno que ya nadie visitaba.