El güero era uno de esos borrachines del barrio que miramos tirados en la banqueta y nos hacen rodear para evitar el encuentro. A muchos les provoca una lástima insoportable, a otros les da coraje y a otros de plano ni les importa porque piensan que solo son unos flojos desobligados sin porvenir. Ese día yo creo que había bebido mucho más de la cuenta porque se la pasaba balbuceando palabras indescifrables ahí sentado en el mero suelo de la banqueta y abrazándose la panza haciendo unos movimientos hacia adelante y hacia atrás, mirando al cielo.