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En esos momentos de debilidad, fatiga y cansancio, cuando las fuerzas nos abandonan ante las muchas batallas, en medio de un camino angosto y difícil de seguir por la incesante asechanza de enemigos que a cada paso se multiplican, aborreciendo nuestra causa, es cuando la aflicción del alma nos hace desfallecer de muchas maneras, quizás al punto de sentir lo que un día sintió el salmista:

“Cansado estoy de llamar mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios. Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa; se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por qué. ¿Y he de pagar lo que no robé?” Salmo 69:3-4

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