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Pablo declara que nuestro cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor y el Señor es para el cuerpo. Como somos miembros del cuerpo de Cristo, no podemos unirnos a una ramera. El que fornica, contra su propio cuerpo peca. Somos templo del Espíritu Santo; por tanto, glorifiquemos a Dios en nuestro cuerpo.