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Después de ayunar por cuarenta, Jesús “sintió hambre.” Esta hambre es el anhelo de Dios por el ser humano, su hambre de ser amado, su hambre de que el hombre reciba su salvación. Al final, es la misma hambre que el hombre experimenta y que la sacia con todo, menos de Dios. Los cuarenta días de ayuno abrazan el drama de la historia que Jesús asume en sí y lleva consigo hasta el fondo.