Nuestras vidas no tienen esperanza sin Dios. Nacemos con una naturaleza carnal y continuamos pecando durante toda la vida. La pena por el pecado es la muerte y la separación eterna de Dios. Nadie está exento de esta verdad bíblica, y no hay nada que podamos hacer para cambiar la situación. La gracia de Dios es Su favor inmerecido hacia nosotros.