David Golden: Dios no está impresionado por nuestros dones, ministerios o logros espirituales, sino por el fruto que producimos. Jesús enseña que profetizar, hacer milagros o echar fuera demonios no garantiza una relación verdadera con Él; lo que Dios busca es el fruto del amor, un carácter transformado por el Espíritu. Los dones son irrevocables y pueden operar aun cuando el fruto es deficiente, lo que nos advierte del peligro de engañarnos a nosotros mismos.
Este mensaje llama a un arrepentimiento genuino que produce fruto duradero. El pecado destruye el fruto, pero la disciplina y la bondad de Dios nos llevan a la restauración. Como el árbol que no daba fruto, Dios trabaja en nosotros —quitando estorbos y tratando con lo desagradable— para que produzcamos amor, el perfume que le agrada. Conocer a Cristo y ser conocidos por Él se evidencia no en lo que hacemos, sino en el fruto que damos.