Cuando nos atropellamos a nosotros mismos y a los otros; cuando vivimos tan a prisa que no nos permitimos sentir, a transitar por las sensaciones; cuando estamos tan ocupados que damos por sentado nuestra cotidianidad, relaciones, la salud, el bienestar...
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La vida se encarga de regular desde lo externo lo que como individuos evadimos y continuamos sin asumir. Por eso el darnos el derecho a la pausa es un ejercicio poderoso de presencia que nos alivia de angustias.
Son tiempos de miedo, pánico, mucha incertidumbre al ser testigos y protagonistas de la destrucción de las macro estructuras sociales económicas, pero al mismo tiempo es emocionante vivir en tiempos tan desafiantes y llenos de posibilidades. Los momentos de crisis son también las oportunidades de otro para el autoconocimiento, esos gatillos nos hablan mucho de quienes somos muy adentro, allí en donde es solo sombra y no queremos asomar la cara.
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Menos búsqueda, más encuentro
Menos hacer y más ser
...solo así conectamos con la existencia en presencia y nos liberamos de aquello que ya no resuena; ¡porque se trata de ser la versión más genuina de quienes somos!
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¿Cuántos de nosotros no hemos escuchado y hasta pronunciado la frase “Paren el mundo que me quiero bajar”? Pues bien, el mundo se paró y la pregunta es qué estamos haciendo cada uno de nosotros con esta preciosa oportunidad
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