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Hay muchísimos trabajos, meditaciones y mensajes para conectar con nuestra niña interior. Atenderla, mirarla, dejarle saber que es acogida ahora y que está a salvo. Los más escépticos pueden tomarlo por el lado de la premisa de que la primera mirada está en la infancia y luego son solo reinterpretationes del mundo. Los que hemos pasado por largos procesos de psicoanálisis sabemos que decenas de sesiones se van a eso que pasó en la infancia y que solo ahora de adultos podemos elaborar.
Creo, sin embargo, y aquí me permito hablar solo desde la enunciación de lo femenino, que la adolescencia puede ser también un lugar de profundas heridas insospechadas que luego no sabemos cómo ver porque nunca las nombramos. Ese paso entre la niña y la mujer, la doncella que descubre su mundo y tantea en si misma, en el otro, en sus miedos, pasiones, en las doctrinas y la rebeldía
Hablemos hoy desde la libertad poderosa de los cuarenta y tantos a la nena que comenzaba a experimentar con el cuerpo, con los gustos, con la rabia.