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El presente artículo fue escrito en 2011, cuando Héctor Leyva del Programa de Educación Bilingüe Integral Tawahka (PEBIT) me invitó a acompañar a la Mosquitia hondureña a la antropóloga Camille Collins Lovell, quien en ese tiempo hacía el epílogo de su libro El Pueblo Tawahka: los dueños de los animales en los tiempos de los motores fuera de borda (Plural, Organización para la cultura, Honduras, 2011). El libro de Collins, como este artículo, busca retratar la vida diaria de un pueblo que está condenado a desaparecer, el pueblo Tawahka, inmerso entre las expansión agrícola de ganaderos olanchanos, narcotraficantes colombianos y bases estadounidenses que consideran ese territorio vital para sus intereses estratégicos. «Los ruidos de la tierra tawahka» es un grito de auxilio lanzado hace casi un lustro y que aún no se escucha en las grandes ciudades de Honduras. Reproducimos este artículo para llamar la atención de una problemática que ha comenzado un espiral que debe alertarnos a actuar, de lo contrario las consecuencias serán nefastas.

“¡Veo, veo ríos de sangre hacia el mar... veo, veo cadáveres de indios y de blancos bajando por los ríos como balseras en las avenidas... veo una tormenta y en ella cruces y más cruces que son como latigazos del Dios Rayo... ¡ahora veo... veo claro que ha pasado el huracán... hay quietud en Taguzgalpa y en toda la tierra Guaymuras, pero... hemos desaparecido los Tawahkas porque las mujeres han parido de los blancos...!

(Ramón Amaya Amador, Con la misma herradura)