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Palabra de Dios: “Y levantándose de mañana, adoraron delante de Jehová, y volvieron y fueron a su casa en Ramá. Y Elcana se llegó a Ana su mujer, y Jehová se acordó de ella.Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, diciendo: Por cuanto lo pedí a Jehová.” 1 Samuel 1:19-20

Perlas: La fe inamovible de Ana, su humildad, su corazón perdonador (limpio) su entrega y su ser derramado en adoración al Señor, tocaron y abrieron el cielo sobre su vida. Ana recibió sanidad de su alma y de su cuerpo mientras derramaba su dolor, mientras oraba con amargura de alma y lloraba abundantemente en Su Presencia, y  mientras hacía su pacto (voto) con Dios. Él la estaba viendo y escuchando. Él es Dios que ve y oye a Sus hijos.  Ese día Ana fue liberada de la tristeza y de la esterilidad. Leímos que ella salió de allí y comió y nunca más estuvo triste; y además, al día siguiente su marido se llegó a ella y Ana quedó embarazada. Dos imposibles: Pasar de una profunda tristeza a la alegría, y de la esterilidad a llevar en su vientre un hijo.

Ana no estaba ni ebria ni loca, simplemente creyó que Dios era grande en misericordia, suficientemente poderoso para realizar proezas o hacer imposibles posibles. Dios no era un concepto lejano para ella, era real. Ella sabía que estaba siendo escuchada por el Todopoderoso, y supo que su oración sería respondida, tanto así que ella salió del templo ya con alegría en su corazón, como si ya lo hubiera recibido. (Fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve: Hebreos 11:1).  Ana celebró y se gozó su milagro antes de recibirlo. Espectacular…eso es fe.

Había un sueño dentro de Ana que era más grande que ella, un sueño implantado por Dios mismo. Es como si Ana desde siempre hubiera tenido en su corazón que ella sería madre; era una madre sin hijos, esto explica su profunda tristeza. Este sueño de ser madre dio luz dentro de ella, era parte de su ser, y por eso dolía tanto encontrarse en una realidad diferente. Pero Ana no desfalleció; renunciar a ese sueño era como renunciar a Dios y a quien ella era. Renunciar al sueño de ser madre, dado por Dios mismo, era negar a Dios, y caminar por afuera del plan perfecto del Señor para ella.

La FE de Ana la llevó a OBEDECER, y su obediencia abrió el camino para que Dios derramara SU GLORIA.

Oración: Señor, sé que me has dado sueños y promesas, pero me ha faltado fe, me ha faltado obediencia, y ahora entiendo por qué aún no he visto Tu gloria. Perdóname por dudar de Ti, de lo que me has prometido y de Tu infinita capacidad para cumplir lo que prometes. Perdóname por continuamente desobedecerte y vivir mi vida tan independiente de Ti. Perdóname por dejar de orar. Perdóname por no adorarte con mi vida. Perdóname por no venir delante de Ti y derramar mi dolor y llorar en Tus brazos. Gracias porque no hay manera de que yo acabe con Tu paciencia ni con Tu misericordia, ni con Tu amor. Gracias por perdonarme y seguir llamándome. Aquí estoy. 

Reto del día: ¿Qué es eso que Dios te ha prometido y que te duele porque aún no lo tienes? ¿Desde cuándo dejaste de orar y de creer en esa promesa? Hoy es un buen día para volver a creer aunque duela creer. Hoy es un buen día para llorar en Su Presencia. El mismo Dios al que Ana oró, es tu Dios. Sigue el ejemplo de Ana: Ora. Llora. Cree. Adora. Haz un pacto con Él guiado por el Espíritu Santo. Obedece. Celebra y gózate. Espera.