Palabra de Dios: “Antes de que Cristo viniera a nuestro corazón, vivíamos en la vanidad de nuestro pensamiento. Estábamos entenebrecidos en nuestro entendimiento y alejados de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en nosotros, como consecuencia de la dureza de nuestro corazón.” Efesios 4:18
Perlas: “Cuando invitamos a Jesús a entrar en nuestro corazón somos vivificados y Su vida se infunde en nuestro espíritu. Jesús viene a morar en nosotros. Esto se convierte en el INICIO de la comunión personal diaria con Dios, la disponibilidad de una guía continua hacia la voluntad de Dios y la sanidad de nuestras relaciones, así como la sanidad y renovación de nuestra mente, voluntad y emociones” Mickey Evans. Efesios 4:18 describe a la perfección cómo es la vida sin Cristo. Pero todo cambia cuando permitimos que el Señor entre a nuestro corazón. Nuestra vida espiritual comienza allí, cuando le abrimos la puerta y creemos en Él.
Cuando recibimos a Jesús en nuestro corazón, recibimos el perdón de nuestros pecados, el regalo de la salvación, vida eterna y somos adoptados como hijos de Dios. Y como hijos de Dios, tenemos acceso a una vida en esta tierra caminando de Su mano, siendo sanados y transformados por Él cada día, y cumpliendo una misión y un propósito. Aquellos que creen en Dios y se entregan genuinamente a Él, aquellos que reciben el regalo de la salvación, les espera una vida llena de frutos, una vida transformada y llena del poder de Dios. A esto tenemos acceso todos los que hemos creído, si nos rendimos.
Aquí viene entonces la gran pregunta: Si Dios promete sanidad, transformación y propósito a Sus hijos, ¿por qué no ha ocurrido así contigo? ¿Por qué tu vida no ha sido transformada? Normalmente tenemos estas preguntas en nuestra mente dando vueltas, y tenemos la tendencia a culpar a Dios, ya que la otra única opción es tomar responsabilidad por lo que está ocurriendo en nuestra vida. Dios no falla, ni miente, ni le ha hecho falta poder para lidiar contigo o conmigo. Él está esperando por ti, por tu entrega y rendición, por tu arrepentimiento y disposición. Él está esperando que hagas silencio y escuches Su voz. Él te ama y tiene un plan perfecto, un camino, y un propósito para tu vida. Ríndete.
Oración: Padre, mi amado Dios. Te he conocido por años, pero no termino de rendirme. Estoy agotado, creo que se acabaron mis fuerzas; pero creo que eso es bueno porque ahora comienzan a fluir Tus fuerzas. Hoy me rindo. Bajo mis brazos y escojo no seguir culpándote ni peleando Contigo. Perdóname por haber perdido incluso el temor reverente a Ti, que eres el Dios Altísimo; ser Tu hijo no me da permiso de hablarte sin respeto y mucho menos juzgarte, cuestionarte o culparte. Hoy puedo ver, gracias por arrancar las vendas de mis ojos: Yo soy el único responsable de todo aquello en lo que se ha convertido mi vida. Perdóname. Ayúdame. Sáname. Transfórmame. Toma mi mente y mi corazón. Ayúdame a callar y a escuchar Tu voz. Necesito escuchar Tu voz. Háblame Padre.
Reto del día: Silencio. Baja la velocidad de tus pensamientos, quédate quieto física, mental y emocionalmente. Respira profundo varias veces. Toma tu diario y comienza a escribir lo que Dios está susurrando a tu corazón.