Cuando te detienes un momento y vuelves la vista atrás, ¿qué ves? ¿A la misma persona que eras hace un año, hace 5 años, hace 10 años? La mayoría de las personas no nota cambio alguno, lo que les genera una sensación de tranquilidad: “sigo siendo joven”, se dicen para conformarse, pero la verdad es que deberían preocuparse porque significa que están frenadas, estancadas.
La vida, en esencia, es movimiento: el segundo que acaba de pasar ya no existe y el siguiente es uno nuevo, y así sucesivamente. El ayer ya pasó, el día de hoy es único y el mañana será algo completamente distinto, y así sucesivamente. El agua del río, desde su nacimiento hasta donde desemboca en uno más grande o en el mar, siempre está en movimiento, siempre avanza.
¿Lo entiendes? Si no avanzas, ¿qué sentido tiene tu vida? Hasta el árbol, que permanece siempre en el lugar donde lo plantaste, se desarrolla y crece: extiende sus frondosas ramas, pierde las hojas en el otoño y nos regala unas nuevas, fuertes y largas, durante la primavera. Desde el día en que la semilla germina, siempre está en desarrollo, siempre cambia, siempre crece.