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Si creíamos que había motivos para quejarnos de lo ocurrido en 2019, el 2020 comenzó recargado, con líos, problemas y tragedias por doquier. Devastadores incendios forestales en Australia, con incalculables e irreparables daños a la naturaleza; vientos de guerra que soplan en Oriente Medio y revueltas sociales que no cesan en diferentes puntos de nuestra querida Latinoamérica.

No suelo estar conectado a los canales de noticias, a los medios de comunicación, porque hace varios años decidí dejar de contaminarme con sus mensajes tóxicos, destructivos y negativos. Por supuesto, este hábito mejoró ostensiblemente mi nivel de tranquilidad, mi paz interior y, lo mejor, me ayudó a concentrarme en lo que realmente vale la pena: mi vida, el bienestar de mi familia y poder empoderarme para empoderar a otros.

De eso conversaba en estos días con unos familiares mientras nos tomábamos unos mates. Fue una charla agradable, con variados puntos de vista y una conclusión unánime: la maldad del ser humano. Y, antes de seguir, es pertinente que algo quede claro: nadie, absolutamente nadie, nace malo. La maldad es un producto terrenal, fruto de cómo las personas asumen y enfrentan la vida. Y también esconde una programación mental determinada por su entorno.