La compasión transforma porque no se queda en palabras bonitas ni en intenciones pasajeras. La compasión verdadera se encarna. Se hace presencia, se hace escucha, se hace manos que levantan y brazos que sostienen. Es la mirada que no juzga, la voz que anima, el silencio que acompaña. Es ese tipo de amor que no busca reconocimiento, que no espera aplausos, que no calcula el costo. La compasión nace de un corazón que ha sido tocado por Dios, un corazón que entiende que todos estamos rotos en alguna parte, que todos necesitamos gracia, que todos anhelamos ser vistos y amados tal como somos.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.