Cuando Dios toca la puerta, no lo hace para irrumpir ni para forzar. Él no empuja, no invade, no exige. Él espera. Espera a que el corazón se aquiete, a que la voluntad se abra, a que la vida haga espacio. Su toque es un acto de amor, un recordatorio de que Él sigue presente incluso cuando nosotros nos hemos alejado. A veces ese toque se manifiesta como una inquietud interior, como una necesidad de cambio, como un deseo de volver a lo esencial. Otras veces se presenta como una oportunidad inesperada, una conversación que nos mueve, una palabra que nos despierta. Dios toca la puerta de muchas maneras, pero siempre con la misma ternura.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.