Hay momentos en los que el alma siente que ha llegado al límite, como si ciertos capítulos de nuestra historia se hubieran cerrado para siempre y ya no hubiera forma de recuperarlos. Caminamos con la sensación de que lo que dejamos atrás —una oportunidad, una relación, un sueño, una versión de nosotros mismos— se ha perdido sin remedio. Pero cuando levantamos la mirada hacia Dios, descubrimos que Él no observa nuestra vida desde la perspectiva de la pérdida, sino desde la eternidad. Él no se queda atrapado en lo que fue; Él ve lo que puede ser.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.