Experimentar la alegría de Dios es aprender a mirar la vida con una profundidad distinta. Es reconocer que incluso en los días grises hay destellos de gracia, pequeñas señales que nos recuerdan que somos sostenidos, acompañados y amados. A veces la alegría llega como un susurro que calma, otras como un impulso que renueva, y otras como una certeza silenciosa que nos abraza desde dentro. No se trata de negar las dificultades, sino de descubrir que, aun en ellas, Dios sigue sembrando esperanza. Cuando abrimos el corazón a esa realidad, la vida adquiere un ritmo más suave, más humano, más lleno de propósito.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.