Cuando hablamos de la armadura de Dios, no hablamos de algo pesado o rígido, sino de una protección que se adapta a nuestra vida cotidiana. Es la claridad que nos ayuda a distinguir lo verdadero de lo engañoso, la paz que sostiene el corazón cuando todo alrededor parece incierto, la firmeza que nos permite mantenernos de pie cuando las circunstancias intentan derribarnos. Es la convicción interior de que Dios está con nosotros, guiándonos, afirmándonos y recordándonos que nuestra identidad no depende de lo que enfrentamos, sino de Aquel que nos sostiene. Vestirnos de esta armadura es un acto de confianza, una decisión diaria de permitir que Dios sea nuestra fuerza y nuestro refugio.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.