La oración no es un trámite espiritual ni un acto mecánico; es un encuentro. A veces ese encuentro se siente inmediato, como un abrazo que llega justo a tiempo. Otras veces se siente lento, silencioso, casi imperceptible. Pero incluso en esos silencios, Dios no está ausente. Él escucha cada palabra, cada suspiro, cada pensamiento que no logramos convertir en frase. La oración no siempre cambia lo que está afuera, pero siempre toca algo dentro de nosotros. Nos abre, nos calma, nos ordena, nos recuerda que hay un Dios que nos acompaña incluso cuando no vemos señales visibles de su respuesta.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.