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Intentar engañar a Dios no es un acto de maldad; muchas veces es un acto de miedo. Miedo a ser vistos tal como somos. Miedo a que nuestras fallas sean demasiado grandes, a que nuestras dudas sean demasiado profundas, a que nuestras heridas sean demasiado antiguas. Pensamos que si mostramos solo lo “correcto”, Dios nos aceptará más fácilmente. Pero la verdad es que Dios no se relaciona con la versión que fingimos ser; Él se relaciona con la persona real que somos. Con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestras fortalezas y nuestras fragilidades, con nuestros aciertos y nuestros errores. Él no se escandaliza por nuestra verdad; la abraza. No se sorprende por nuestras luchas; las comprende. No se aleja de nuestras caídas; se acerca para levantarnos.

Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.