El resentimiento promete protección, pero en realidad encierra. Promete justicia, pero en realidad desgasta. Promete fuerza, pero en realidad debilita. Nos convence de que aferrarnos al dolor nos mantiene a salvo, cuando en realidad nos mantiene atrapados. Y lo más profundo es que, mientras guardamos resentimiento, la herida que lo originó sigue abierta. No sana, no se transforma, no se libera. El resentimiento no es un castigo para quien nos hirió; es una prisión para nosotros mismos. Y aunque a veces creemos que soltarlo es injusto, que perdonar es rendirse, que dejar ir es perder, la verdad es que el alma solo puede respirar cuando se libera de aquello que la aprisiona.
Tu amigo Israel Meza, que Dios te bendiga siempre y recibe un fuerte abrazo.