Todo está en tu cabeza. ¿Pero y si eso es algo bueno? Con demasiada frecuencia somos prisioneros de nuestros pensamientos: esas voces que nos dicen que nos preocupemos, que no somos lo suficientemente buenos o que nunca podremos cambiar nuestro comportamiento. Hay fortalezas que nos atan, pero Dios nos da las herramientas que necesitamos para romperlas.