Hermanos, aprendamos a mirar el gozo como Pablo lo miró. No busquemos el gozo en la ausencia de sufrimiento, ni en la fortaleza de nuestro carácter, ni en una voluntad endurecida que "aguanta todo". Pablo no se regocijó porque el dolor fuera agradable, ni porque él fuera autosuficiente. Se gozó porque su vida —aun derramada como sacrificio— estaba siendo sostenida y usada por Dios para la gloria de Cristo. Por eso, cuando el sacrificio llegue, no endurezcamos el corazón como el estoico, ni lo maquillemos con optimismo superficial. Miremos a Dios en medio del dolor. Ahí es donde nace el gozo del creyente humilde: cuando reconocemos que Dios está presente, activo y glorificado incluso cuando sufrimos. Así como Pablo se regocijó al ver que su sufrimiento apostólico se unía al servicio sacrificial de los filipenses en la obra del evangelio, también nosotros seamos exhortados a regocijarnos cuando nuestras vidas son ofrecidas juntas para Cristo. No caminemos solos, ni suframos en silencio sin esperanza. Regocijémonos en que Dios usa nuestras vidas —individual y comunitariamente— para Su gloria. Por tanto, hermanos, gocémonos con Pablo. Gocémonos no en el sacrificio en sí, sino en el Cristo por quien vivimos, servimos y, si es necesario, somos derramados.