Siempre fui una niña creativa.Eso es algo que, visto en retrospectiva, parece obvio… pero en su momento simplemente era mi manera de estar en el mundo.
Si hoy me preguntan cuál era mi regalo de cumpleaños favorito cuando era pequeña, no tengo ninguna duda: una caja de creyones.No importaba cuántas tuviera. Siempre quería más.El color era una promesa. Una posibilidad infinita.Creo que muy temprano entendí —aunque no supiera ponerlo en palabras— que crear no era un hobby, sino una forma de existir.
También era esa amiga a la que siempre le pedían ayuda cuando había que hacer dibujos, maquetas, carteles, o esos proyectos escolares donde se necesitaban habilidades de arts and crafts.Recortar, pegar, dibujar, componer… todo eso me salía de manera natural.Nunca lo viví como algo extraordinario, sino como algo orgánico, inevitable.Como si las manos supieran antes que la cabeza.
Pero, como pasa muchas veces, el camino no fue directo ni lineal.
Estudié Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas.Una formación exigente, estructurada, profundamente racional.toggle un mundo de códigos, normas, argumentación lógica.Y mientras eso ocurría, mi vida creativa avanzaba por otro carril, casi en paralelo, casi en silencio: la fotografía.
Mientras estudiaba leyes, también estudiaba fotografía en la Escuela de Roberto Mata, que en ese momento quedaba en la avenida Sucre.Eran otros tiempos.No existía Photoshop.Trabajábamos con cámaras manuales de 35 milímetros.La mía me la regaló mi papá… y se convirtió, sin exagerar, en una extensión de mi cuerpo.
Pasaba horas en el cuarto oscuro.Y cuando digo horas, lo digo literalmente.Recuerdo ese espacio con una claridad casi física: la luz roja, el olor de los químicos, el tiempo suspendido.Roberto ponía música a todo volumen —David Bowie, Gustavo Cerati— y el laboratorio se transformaba en algo parecido a un ritual.
Ahí entendí algo fundamental:la fotografía no era solo imagen.Era proceso.Era espera.Era materia.
En el cuarto oscuro descubrí mi fascinación por los virados, por la química, por entender cómo funciona realmente una imagen.El enfoque.La luz.El papel.El revelado.
Pero más allá de aprender las reglas, lo que realmente me atrapó fue comprenderlas lo suficiente como para poder romperlas.
Ese conocimiento técnico fue clave para todo lo que vino después.Entender cómo se construye una imagen me permitió, más adelante, jugar con esos mismos principios y alterarlos.Modificar la realidad.Primero con filtros, con procesos químicos… y después, con herramientas digitales.
Creo que fue ahí donde descubrí a Man Ray.Tal vez no lo supe de inmediato, pero su espíritu estaba presente.Esa idea de que el medio no es un límite, sino un campo de experimentación.Que la imagen puede ser conceptual, poética, incómoda.
Las tardes en Caracas eran una especie de aula expandida.Me encantaba ir al Museo de Arte Contemporáneo, al Teresa Carreño, o simplemente salir a las calles a hacer las tareas de fotografía.La ciudad entera era un laboratorio visual.
Caracas era —y sigue siendo en mi memoria— caótica, vibrante, contradictoria.Me enseñó a mirar.A observar estructuras, ritmos, contrastes.A entender que una imagen no se agota en lo que muestra, sino en cómo está organizada.
Más adelante trabajé con la fotógrafa Corina Hernández.En ese momento, ella desarrollaba un lenguaje profundamente purista dentro de la fotografía surrealista.Nada de manipulación digital.Todo ocurría en la toma, en la puesta en escena, en la luz.
De Corina aprendí muchísimo.No solo técnica, sino una ética de trabajo.Una relación respetuosa con el medio.Una forma de exigirle a la imagen que se sostenga por sí sola.
Tenía su estudio en La Castellana, y siempre recuerdo —con una sonrisa— que por fuera había un letrero que decía “Farmacia”.Ese tipo de detalles absurdos y perfectos que solo pueden pasar en Caracas.
Más adelante, ya en Miami, Corina y yo abrimos juntas un taller de fotografía.Fue una etapa luminosa.De aprendizaje compartido.De mucha diversión.
Organizábamos cursos, encuentros, conversaciones interminables sobre imagen, proceso, error, intuición.El taller estaba en el Moore Building, cuando el Design District todavía no era lo que es hoy.No era un espacio de lujo, era un espacio de búsqueda.Menos comercial.Más experimental.Más vivo.
Mis primeras exposiciones fueron en Caracas, en el Country Club, en el marco de la conmemoración de los 100 años del club.Y a partir de ahí, todo ocurrió con una rapidez que hoy me resulta casi irreal.
Empecé a exponer en Miami, en galerías y ferias.Al mes siguiente, en Palm Beach.Luego en Nueva York.
El tránsito entre ciudades, públicos y contextos fue vertiginoso, pero profundamente formativo.Cada exposición era una confirmación… y al mismo tiempo, una pregunta nueva.
Hoy, mirando todo desde este punto, parece un sueño.No en un sentido idealizado, sino en esa mezcla de asombro y gratitud que solo da el tiempo.
Nada fue casual.Pero tampoco completamente planeado.
Cada etapa fue construyendo una base:el dibujo infantil,la caja de creyones,el cuarto oscuro,la ciudad,los maestros,los talleres,las exposiciones.
Todo eso sigue presente en mi trabajo actual.
Mi práctica geométrica, mi interés por la estructura, el color, la percepción y la transformación de la realidad no surgieron de la nada.Son el resultado de una historia larga.Hecha de capas.De líneas.De decisiones.De obsesiones.
Y, sobre todo, de una necesidad constante de crear.
Gracias por acompañarme hoy. Espero que esta reflexiones les inviten a mirar el arte, no solo como algo que se observa, sino como algo que transforma, que conecta y que nos ayuda a entender quiénes somos.
Si llegaste hasta aquí, gracias por leer con tiempo.¿Qué recuerdos creativos siguen influyendo en tu manera de mirar hoy?Te leo en los comentarios.
Con cariño,
Marianne