Imagina esta situación…
Estás en una reunión con todos tus jefes diciendo que los resultados no son buenos. Sabes perfectamente dónde está el fallo. Tienes la solución en la punta de la lengua.
Pero miras los cargos en las tarjetas de visita, escuchas el tono de voz firme de “los de arriba” y… te lo tragas.
Ese silencio pesa. El nudo en el estómago aparece. Y de repente, tu verdad parece valer menos que su jerarquía.
La mente no entiende de organigramas
Cuando nos callamos ante una figura de autoridad, no es falta de carácter. Es biología pura. Nuestro sistema límbico no ve a un CEO o a un padre; ve a un líder de la manada con poder para expulsarnos.
Y en la naturaleza, ser expulsado del grupo equivalía a la muerte.
Por eso solemos caer en dos trampas:
* Sumisión Pasiva: Callamos para “no liarla”, pero acumulamos un resentimiento que nos quita dignidad.
* Reactividad Agresiva: Explotamos desde el ataque, lo que cierra la escucha del otro y nos hace perder la razón.
La verdad no tiene jerarquía. Una observación acertada vale lo mismo si viene de quien limpia la oficina que del director general. A veces, la del primero vale más ya que es quien pisa el barro cada día.
El sesgo de autoridad
Esto es algo estudiado desde la psicologia. Tendemos a valorar más el mensaje si el mensajero tiene estatus.
No importa si lo que dicen es una tontería; el cargo les otorga un barniz de verdad que nos intimida. Pero recuerda: el estatus es una construcción. Si tú no le das el poder al otro, el otro solo tiene su cargo, no tu voluntad.
Herramienta: La silla del adulto
¿Has notado que ante un jefe autoritario a veces te sientes como si tuvieras diez años? Te encoges. Esperas la regañina.
Si tú actúas como un niño asustado, el otro automáticamente se pone en el papel de padre que manda. Para romper esta dinámica, te propongo un cambio mental rápido:
* Recuérdate quién eres hoy: Eres un adulto con experiencia. Tu valor no depende del permiso de nadie para hablar.
* Cambia el ataque por la curiosidad: No digas “estás equivocado”. Pregunta: “Me gustaría entender cómo afectará esto a mi trabajo dirario”.
Una pregunta inteligente y tranquila obliga al otro a bajarse del pedestal. Igualas el campo de juego sin gritar. Estás diciendo: “Te respeto, pero mi visión también cuenta”.
Mereces ser escuchado
Muchas personas en el poder están rodeadas de gente que solo les dice lo que quieren oír. En cambio ellos darían lo que fuera porque se les hablara de forma honesta y respetuosa.
Callar sistemáticamente tiene un precio muy alto: acabar viviendo una vida que no te pertenece.
No eres menos por tener un título distinto o ganar menos dinero. Tu perspectiva es única y, si te la callas, nos puedes estar privando a todos de una genialidad o la solución a un problema.
¿En qué áreas de tu vida sientes que has cedido el mando de tu voz? ¿Es en el trabajo, con tu familia, en tu pareja?
Me ayuda mucho entender por lo que estás pasando para seguir creando contenido que te sea útil.
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Prometo leerte con atención y sin juicios.
Hablamos la semana que viene,
Un abrazo.
Edgar