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Las heridas del alma: un mapa invisible de nuestra infancia

(Texto inspirado en la obra de Louise Bourbeau)

Louise Bourbeau, autora y conferencista canadiense nacida en Quebec, es una figura clave en el campo del desarrollo personal contemporáneo. Fundadora de la escuela Écoute Ton Corps, ha dedicado más de cuarenta años a explorar el vínculo entre el cuerpo, las emociones y la psique. Entre sus libros más conocidos se encuentran Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, La sanación de las cinco heridas y Escucha tu cuerpo, obras traducidas a numerosos idiomas y ampliamente difundidas en contextos terapéuticos y de crecimiento personal.

En Las cinco heridas que impiden ser uno mismo, Bourbeau propone una lectura clara y profundamente estructurante de la vida psíquica: existen cinco heridas fundamentales, activadas en la infancia, que organizan nuestra manera de sentir, de amar, de defendernos y de existir en el mundo. Estas heridas —rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia— no son simples recuerdos dolorosos: son marcas fundacionales, vividas inicialmente en soledad, que se reactivan una y otra vez hasta ser reconocidas y elaboradas. Mientras reaccionamos a ellas, dice Bourbeau, es señal de que el ego sigue herido.

1. La herida del rechazo: huir para no desaparecer

La herida del rechazo es, según Bourbeau, la más dolorosa de todas. Se activa sin excepción en la relación con el care taker del mismo sexo. Quien la porta desarrolla la máscara de la huida: huir del conflicto, del vínculo, de la mirada del otro… y, sobre todo, de sí mismo.

El sujeto marcado por el rechazo se siente inexistente, ignorado, de más. En su diálogo interno aparece la frase devastadora: “no soy nada”. La emoción dominante es el miedo, pero no cualquier miedo: el miedo al miedo, el pánico anticipado. Temen tanto perder el control que terminan perdiéndolo. No saben qué decir, qué hacer, cómo estar.

Esta herida está estrechamente ligada al sentimiento de injusticia: una vivencia temprana de no haber tenido derecho a existir plenamente. El cuerpo suele volverse pequeño, retraído, casi borrado. La huida no es cobardía: es una estrategia de supervivencia frente a un dolor vivido como aniquilador.

2. La herida del abandono: depender para no caer

La herida del abandono se activa en el vínculo con el care taker del sexo opuesto. Su máscara es la dependencia emocional. Quien la vive necesita la presencia del otro como sostén vital: un padre, una pareja, un amigo, siempre del sexo opuesto, que nunca parece dar suficiente atención.

La emoción central aquí es la tristeza. Son personas que lloran mucho, que sienten un vacío constante, una soledad profunda incluso estando acompañadas. Si el otro se aleja, si no responde, si no está disponible, la herida se reabre con violencia.

Toda su vida psíquica gira en torno a no ser abandonadas otra vez. Sin embargo, mientras reaccionan desde esta herida, el vínculo queda atrapado en una lógica infantil: pedir, reclamar, aferrarse. El dolor no es el amor perdido, sino el miedo primitivo de quedarse sin sostén.

3. La herida de la humillación: castigarse para merecer

Menos frecuente que las demás, pero profundamente encarnada, la herida de la humillación se organiza en torno a la vergüenza. Bourbeau la vincula más al superyó y al diálogo interior que a los padres directamente. La máscara es el masoquismo.

Son personas que aman el placer, la buena comida, la sensualidad, la vida… pero se la prohíben. Se juzgan con dureza: “qué tonto soy”, “qué cochino”, “no debería”. Se sienten fácilmente degradadas, observadas, juzgadas.

Su gran necesidad es la libertad, y paradójicamente, es lo que más temen. Saben —inconscientemente— que si se autorizan a vivir, podrían desbordarse. Entonces se contienen, se sacrifican, cuidan de todos antes que de sí mismas. El cuerpo suele hablar por ellas: la vergüenza se inscribe en la postura, en la respiración, en la piel. Desde mi experiencia como psicoanalista, psicoterapeuta y profesora de yoga y meditación, esta herida es una de las más legibles corporalmente.

4. La herida de la traición: controlar para no perder

La herida de la traición está íntimamente ligada al abandono y también se articula en relación con el sexo opuesto. Bourbeau explica que el bebé vive primero el abandono; hacia los cuatro años, la ira emerge y se organiza la herida de la traición, que encubre al abandono.

Aquí la máscara es el control. A diferencia del huidor, el dependiente o el masoquista —que luchan consigo mismos—, la persona marcada por la traición lucha contra el mundo. Quiere dominar, anticipar, decidir. La cólera es su emoción visible.

Lo que más la desestabiliza es la mentira, aunque paradójicamente suele mentirse a sí misma: no admite que su herida original es el abandono. Su miedo más profundo es la separación. Por eso intenta controlar la relación, incluso saboteándola. Bourbeau da un ejemplo elocuente: alguien que desea separarse pero no puede tolerarlo, genera inconscientemente condiciones imposibles para que sea el otro quien se vaya. Lo temido se cumple: cuanto más miedo a la separación, más se la provoca.

5. La herida de la injusticia: endurecerse para no sentir

La herida de la injusticia está estrechamente vinculada con el rechazo. Detrás de la rigidez, dice Bourbeau, siempre hay un rechazo temprano. La máscara aquí es la rigidez: control emocional, perfeccionismo, idealismo extremo.

Las personas marcadas por esta herida buscan la perfección y se exigen sin tregua. La emoción dominante es la ira, pero dirigida hacia sí mismas y hacia las personas del mismo sexo. Su mayor miedo es la frialdad, tanto la propia como la ajena.

El cuerpo suele tensarse, endurecerse, sostenerse en exceso. Sentir se vuelve peligroso. Ser justo consigo mismo parece imposible.

Reconocer para sanar

¿Cómo identificar nuestras heridas, si están tan entrelazadas? Bourbeau es clara: son nuestras reacciones las que las delatan. Allí donde reaccionamos de manera desproporcionada, infantil o automática, una herida está activa.

Todas y todos llevamos estas cinco heridas. Todas y todos intentamos esconderlas. Pero el camino de sanación no pasa por negarlas, sino por mirarlas con conciencia, desactivar las máscaras y permitir que el niño herido deje de dirigir la vida adulta.

Sanar no es no sentir. Sanar es dejar de reaccionar. Y en ese movimiento, algo profundo se reordena: el cuerpo respira distinto, el vínculo se humaniza, y el alma —por fin— deja de huir de sí misma.



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