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La parábola del buen samaritano es uno de los textos más lindos del Nuevo Testamento. Y es uno de esos textos que una y otra vez podemos leer y leer. Que nos conectan con el centro esencial de lo que Jesús viene a predicar y de la imagen de Dios que nos quiere revelar.

Jesús está hablando de sí mismo. En realidad, todas las parábolas tienen a Jesús por protagonista. Es Jesús el Buen Samaritano que viene a nosotros a rescatarnos, salvarnos, restituirnos, liberarnos. Y somos nosotros los hombres medio muertos al costado del camino que necesitamos de Jesús. Porque es aquel que viene a restaurarnos en nuestra humanidad y viene a devolvernos el sentido de la vida, viene a regalarnos nada más y nada menos que el don de la dignidad. El hombre medio muerto tiene el rostro de cada uno de nosotros.

En la parábola, el sacerdote y el levita siguen de largo. No quieren involucrarse en la cuestión. Sin embargo el samaritano que bajaba también por el mismo camino, decide correr el riesgo de manera que no se hace la única pregunta que sí se hicieron los otros: “¿qué pasa si lo toco?” Es decir, no repara en el peligro, qué pasa si se mancha, se ensucia y se contagia o termina teniendo alguna desgracia o queda impuro.

Por eso el evangelio de hoy es muy actual. No solamente porque nosotros nos podemos poner en el lugar del hombre medio muerto, tirado al costado del camino y que Jesús, Buen Samaritano, viene a liberarnos del pecado, la tiniebla, la oscuridad y la muerte, con el poder y la gracia de sus sacramentos. Sino también ponernos en el lugar del sacerdote, el levita y el samaritano.

Los dos primeros pasan y ven sin mirar. No reparan en lo profundo de la condición de ese hombre y tienen miedo a que les pase algo si lo tocan. El samaritano en cambio pasa todo eso por alto y lo ayuda, lo asiste, lo carga, le pone el cuerpo.

Hoy también hay una cantidad enorme de hermanos medio muertos tirados al costado del camino. Son los pobres, los marginados, los excluidos, los vulnerados en sus derechos, los que se mueren de frío, los que ya forman parte del paisaje urbano de nuestras ciudades y nos acostumbramos a ver. Pareciera ser que a veces no nos sorprende que la calle sea un lugar para vivir.

Por eso el evangelio incomoda, desinstala y compromete. Nos invita a ser también nosotros samaritanos que no nos hagamos la única pregunta que no nos tenemos que hacer: “¿qué pasa si lo toco?” Porque necesitamos como Pueblo y sociedad eso mismo: dejar de medir riesgos y salir al encuentro. Mirar, escuchar, tocar, abrazar, dialogar, abrigar, compartir la mesa, sentarnos juntos... en fin, vencer todo prejuicio. Hoy más que nunca nos toca jugar ese rol y asumir esa actitud y esa convicción: salir al encuentro del pobre sin pensar en qué me va a pasar. Porque de seguro, lo que me va a pasar es que voy a encontrarme con otro ser humano que merece ser tratado como tal. Y que los dos mirándonos a los ojos nos reconozcamos como tales y nos ayudemos a devolvernos mutuamente la dignidad.

La lluvia moja. El frío enferma. La indiferencia mata.

Hoy es tiempo de corazones samaritanos que cobijen y se dejen cobijar. Y así, en comunidad, descubrirnos, encontrarnos y decididamente largarnos a transformar la realidad. De la mano de Jesús, Buen Samaritano, que entrega su vida para que nosotros tengamos Vida. Y para que a nadie Vida le falte.