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A veces tengo la sensación de que frente a este fragmento del Evangelio solemos ponernos en el lugar de las noventa y nueve ovejas que se quedan con Jesús. Y sentimos que Jesús va a buscar a aquellos que están lejos, que se perdieron, que se han ido.

Pero creo que en realidad esta es una Palabra muy vocacional. El Evangelio de hoy nos cuenta nuestra historia. Nos dice quiénes somos. Nos narra nuestro origen.

Si uno hace memoria de su vida, hay un punto de inflexión, un punto crucial en el que nos hemos sentido buscados, encontrados y cargados por Jesús, Buen Pastor.

El Evangelio nos hace pensar más bien en nosotros que en lo demás que supuestamente están perdidos. Somos nosotros lo que Jesús salió a buscar y encontró. Porque todos nosotros estuvimos extraviados. Todos estuvimos perdidos. Todos alguna vez recorrimos caminos de muerte.

Por eso hoy volvemos a reivindicar una y otra vez que la oveja perdida somos cada uno de nosotros. Porque somos rescatados por Jesús. Porque somos liberados por el poder de su Pascua. Porque somos sanados por la fuerza de su nueva vida.

Sentirse “oveja perdida” es entirse una y otra vez que somos salvados por Jesús. Es afirmar con contundencia que no se salva cada uno por las suyas, sino que somos salvados por Jesús que nos re-integra al rebaño y nos salva de manera colectiva, en comunidad, en Iglesia.

En este sentido, también siempre me brota la duda: quién se alejó más de los dos hijos, ¿el menor o el mayor? Lindo interrogante.

Porque el mayor aparece como el correcto, el que hace las cosas bien, cumple, se queda, vive con su padre y no lo abandona. Sin embargo es el que cuando escucha que su hermano vuelve a la casa de su padre por el ruido de la música de la fiesta, no quiere entrar. Se niega a la fiesta. Y no lo reconoce como hermano: “ese hijo tuyo...”

Yo creo que el más alejado es el mayor. Porque viviendo siempre junto al padre no supo vivir la gratuidad, la libertad y el amor. “Todo lo mío es tuyo” le dice el padre. Pero él no lo cree así. No se siente digno porque siempre creyó que esa dignidad tenía que ganársela y no que ya venía incluida en su condición de hijo. En realidad se ve a sí mismo y se siente jornalero, no hijo. Y por eso no puede ocultar su bronca, su ira, su enojo.

Creo que uno de los grandes problemas de la Iglesia es que la llenamos de hijos mayores: personas de buena voluntad que quizás ya han tenido su gran conversión en la vida (como el hijo menor) y se han acostumbrado a ser estar sin pertencer. Son jornaleros. Se han olvidado de su condición de hijos. A tal punto que cuando un hermano peca gravemente y se arrepiente, en vez de alegrarse, se amargan, persiguen y expulsan a quienes conociendo la Buena Noticia de Jesús se acercan a nuestras comunidades. Y no hacen fiesta. Y no se alegran. Pero tampoco viven como hijos.

Me animo a decir que es peor y más grave el pecado del hijo mayor que el del menor, porque no fue capaz de darse cuenta de la gratuidad y la alegría que significa ser hijo, pensando que todo en la vida tiene precio y se tiene que ganar y que por un supuesto mérito iba a ganarse la confianza de su padre. Es peor el no dejar entrar a la fiesta, el no querer entrar a la fiesta, el ni siquiera hacer fiesta por ese hermano que recorrió el camino de la reconciliación. Tanto, que él mismo nunca pudo reconciliarse, no sólo con su hermano ni su padre, sino, con él mismo. Termina siendo el típico resentido religioso que ya nada lo sorprende y su corazón se enquista y endurece.

Tengamos cuidado que nuestras iglesias se llenen de hijos mayores, avinagrados, espanta-pecadores, que por mucho querer estar cerca del Padre no se dan cuenta que habitan los lugares más lejanos a su Corazón.

Quizás la clave de la lectura de hoy sea que al hermano mayor lo que le faltó es también sentirse “oveja perdida”.

Por eso te invito a tomarte en este día un tiempo personal para pensarte “oveja perdida” y hacer memoria agradecida de ese momento, de ese proceso, de ese acontecimiento, donde sentiste que Jesús dejaba las otras noventa y nueve para ir a buscarte a vos con predilección.

Y dale gracias.

Y sumate a la utopía del Reino y salir con Jesús, para -con él- salir a buscar alguna otra oveja extraviada.