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El artículo 729. Así vendí mi guion: Amores Perros se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.

Hoy continuamos con la serie de pódcast “Así vendí mi guion”, dedicada a ver cómo se escribieron y vendieron los guiones más famosos. Ya vimos El indomable Will Hunting, Rocky, Juno, Pulp Fiction, Being John Malkovich, Little Miss Sunshine, Bailando con Lobos, Stranger Things, Seven, Thelma y Louise y El club de los poetas muertos. Hoy veremos una de las películas más influyentes del cine mexicano que volvió a ponerlo en boca de todo el mundo: Amores Perros. Y, como venimos haciendo en la serie, nos lo va a contar su propio guionista, Guillermo Arriaga. Yo soy David Esteban Cubero y esto es Guiones y guionistas.

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Y atentos todos porque la semana que viene voy a anunciar una revolución: la Academia Guiones y guionistas. Va a haber muchas novedades, pero lo contaré aquí el próximo pódcast.

Así vendí mi guion: Amores perros por Guillermo Arriaga.

Desde muy chico supe que quería contar historias. Crecí en un barrio bravo de Ciudad de México, donde la violencia no era algo extraordinario, sino parte del paisaje cotidiano. A los trece años, durante una pelea callejera, recibí un golpe tan fuerte que perdí el sentido del olfato para siempre. Ese accidente me marcó profundamente. Aprendí que la vida puede cambiar brutalmente en un instante y que, detrás de cada cicatriz, hay una historia digna de ser contada. 

Antes de acercarme al cine, ya había hecho mi carrera como escritor. Había publicado algunas novelas —Escuadrón Guillotina, Un dulce olor a muerte— y trabajaba como profesor de narrativa en la Universidad Iberoamericana. Para mí, escribir no era un acto de entretenimiento: era una necesidad vital. Siempre me obsesionaron los temas de la culpa, la redención y la violencia —esa violencia íntima y sorda que puede destruir una vida sin que nadie se entere.

La vida, a veces, te cambia en una sola conversación. Conocer a Alejandro González Iñárritu fue uno de esos momentos. Fue gracias a Raúl Olvera, un productor amigo, que nos cruzamos. Yo seguía escribiendo novelas y enseñando en la universidad; Alejandro ya era una figura reconocida en el mundo de la radio, tras revolucionar WFM con su estilo innovador y agresivo. Pero su ambición era otra. Él quería hacer cine. Y lo quería hacer de una forma brutal, visceral, sin concesiones. 

La primera vez que nos sentamos a hablar fue más un duelo que una charla: dos tipos tercos, testarudos, defendiendo cada uno su visión de la narrativa. Pero había una chispa en esa tensión. Alejandro me dijo una frase que no he olvidado: “Quiero hacer un cine que huela, que no sea limpio ni bonito. Quiero golpear al espectador en la cara.” Yo pensé: este cabrón entiende de qué se trata contar historias de verdad. 

Empezamos colaborando en la idea de una serie de cortometrajes que narraran distintas historias de Ciudad de México. Nos lanzamos a escribir: treinta, cuarenta borradores diferentes durante casi tres años. Pero algo no terminaba de cuajar. Hasta que una noche, tras una larga discusión, surgió la idea que cambiaría todo: unir esas historias a través de un accidente brutal. Tres vidas entrelazadas en un solo momento. Un accidente de tráfico que rompiera las líneas narrativas y revelara, en el fondo, la violencia callada de la ciudad.

Así nació la estructura de Amores perros. No quería una narrativa tradicional. No quería un A lleva a B y luego a C. Quería algo que imitara la vida misma: imprevisible, caótica, fragmentada. Propuse que la película se dividiera en tres historias, cada una mostrando una cara distinta del amor —ese amor que en lugar de redimir, destruye. 

La primera sería la de Octavio, un joven desesperado por escapar de su realidad, atrapado en el mundo de las peleas de perros clandestinas, enamorado perdidamente de la esposa de su hermano. La segunda, la de Valeria, una modelo de éxito cuyo mundo perfecto se desmorona tras el accidente, atrapada en un departamento con su perro desaparecido bajo el suelo, metáfora de su propia belleza perdida. Y la tercera, la del Chivo, un exguerrillero que ha cambiado los ideales por el sicariato, intentando desesperadamente reconstruir la relación con la hija que abandonó. 

Cada historia sería autónoma, pero interconectada. Cada protagonista sería un extra en la vida de los demás. La ciudad —nuestro monstruo de cemento, sudor y furia— sería otro personaje más, omnipresente, indiferente, brutal. Era un proyecto ambicioso, un rompecabezas emocional y narrativo. Y sabíamos que para levantarlo íbamos a necesitar algo más que talento: íbamos a necesitar fe ciega.

Teníamos el guion. Teníamos la convicción. Pero no teníamos dinero. Y levantar una película en México, a finales de los noventa, era casi una misión suicida. El cine mexicano estaba en ruinas. Apenas se hacían películas, y mucho menos películas arriesgadas, oscuras, violentas. Presentamos el proyecto a varias productoras. Algunas escuchaban educadamente, otras ni siquiera nos daban cita. 

Para muchos, Amores perros era inviable: demasiado cruda, demasiado arriesgada, demasiado fragmentada. Pero Alejandro tenía buenos contactos en el mundo de la publicidad, donde ya había demostrado su talento visual. Fue él quien consiguió que Z Films, una productora de comerciales, apostara por nosotros. Nos dieron apoyo logístico y una pequeña inyección de dinero. Luego se sumó Altavista Films, gracias a Santiago García Galván y Francisco González Compeán, quienes vieron en nuestro proyecto algo distinto, algo que podía romper el estancamiento del cine nacional. 

Además, logramos obtener apoyo parcial de FOPROCINE, un fondo público que empezaba a abrirse a propuestas más arriesgadas. El presupuesto final rondó los 2.5 millones de dólares. No era mucho para lo que queríamos hacer, pero era suficiente para rodar si éramos inteligentes, si poníamos cada peso en la pantalla.

El rodaje fue una experiencia brutal en todos los sentidos. Filmamos en condiciones duras, muchas veces con recursos mínimos. La ciudad no nos hacía concesiones: el tráfico, la contaminación, la violencia real que flotaba en las calles. Cada día era una batalla. Para las escenas de peleas de perros, contratamos entrenadores profesionales y trabajamos bajo estrictas supervisiones veterinarias. Nunca se lastimó a un animal. Todo estaba cuidadosamente coreografiado, como una danza violenta pero controlada.

A nivel actoral, apostamos por jóvenes casi desconocidos. Gael García Bernal, que interpretó a Octavio, era un diamante en bruto. Tenía esa mezcla de ternura y rabia que pedía el personaje. Emilio Echevarría, que encarnó al Chivo, venía del teatro, y su rostro ajado, su mirada perdida, le daban una autenticidad imposible de fabricar. La cámara de Rodrigo Prieto se convirtió en un personaje más: sucia, nerviosa, casi documental, como si tratáramos de atrapar la vida misma con cada movimiento.

Cuando terminamos la película, sabíamos que teníamos algo poderoso entre manos. Pero también sabíamos que era un riesgo enorme. ¿Quién iba a querer ver una película de tres historias cruzadas, llena de violencia, de desesperanza, rodada con una crudeza casi pornográfica? La respuesta llegó en Cannes. Amores perros fue seleccionada para la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2000. Y allí, el milagro ocurrió. Ganamos el Gran Premio de la Semana de la Crítica. 

De pronto, todo el mundo hablaba de nosotros. Hollywood empezó a llamar. En México, el estreno fue apoteósico. La película recaudó 95 millones de pesos, una cifra impensable para el cine nacional en ese momento. Ganamos 11 premios Ariel. Y más importante aún: Amores perros puso de nuevo al cine mexicano en el mapa internacional.

Después vinieron más proyectos. Alejandro y yo colaboramos en 21 gramos y Babel, completando lo que muchos llaman la “Trilogía de la muerte”. Pero también vinieron las tensiones, las peleas por la autoría, las diferencias irreconciliables. Terminamos nuestra relación de manera abrupta. No nos hablamos más. No nos reconciliamos. Y no creo que lo hagamos. Es parte de la vida: hay caminos que se cruzan para crear algo poderoso, pero que luego deben separarse para no destruirse.

Amores perros nació de una necesidad profunda de contar las heridas que cargamos todos, aunque no se vean. No escribí esa película para ser famoso, ni para ganar premios. La escribí porque era una historia que necesitaba salir. Porque esos amores sucios, esos perros heridos, también eran parte de mí. Y porque creo, ahora más que nunca, que el verdadero arte nace del instinto, del riesgo y de la pasión salvaje de atreverse a no pedir permiso.

El artículo 729. Así vendí mi guion: Amores Perros se publicó primero en Academia Guiones y guionistas.