El apartamento de estudiantes donde vive mi hijo Martín y su familia está en un barrio en Uppsala que se llama El Triangulo. Es un barrio bastante grande que existía también cuando yo estudiaba en Uppsala hace 40 años. Pensábamos pasar la tarde tan tranquilamente como fuera posible en una ciudad de fiesta y con jóvenes pasando y gritando. Por lo menos tratábamos…
Martín miraba a ver cuanta gente había en el patio triangular. Había mucha gente de todo el mundo y no solo de gente que viven allí. Vio algo alarmante. Estaban amueblando el fondo del patio con cuatro altavoces gigantes. “Son de 400 vatios cada uno” dijo Martín comentando lo que pasaba afuera, “y si creen que van a tocar con ellos voy a explicarles que no está permitido”. “Por favor, hoy es un día de fiesta”, yo trataba pero no lograba convencer a Martín. De repente oímos un sonido ensordecedor. El vidrio en las ventanas temblaba y cosas en la mesa se movían y se sentía el ruido incluso en el esqueleto. Era el bajo.
Martín se fue para poner su autoridad en juego.
Regresó con una promesa de que iban a reducir el bajo. La promesa duró cinco minutos. Era una fiesta organizada por un club de Reggae en Uppsala. Pretendían tener permiso pero no era así según la policía con quién Martín habló.
Despues que Martín había hablado con los jefes de los altavoces monstruosos otras dos veces, se hastió. Y lo más humillante era que uno de los jefes le habían llamado “reaccionario”. Le dije yo “Eso es ser adulto” Entonces hay que soportar tales insultos.
Teníamos que emprender la retirada y fuimos a Wik, un castillo medieval que tiene un parque muy hermoso. Allí descansamos escuchando el canto de los pájaros en vez de atormentarnos los oídos con reggae y cuando regresamos la fiesta había terminado.