
No puedo mentir y decir que soy admirador de Chesnutt desde niño o que lo conocí en mi época de púber desenfrenado loco por el grunch. Cuando sacó sus primeros discos era apenas un niño y cuando alcanzo la “fama” aún escuchaba a The Beatles como si fueran el universo. No puedo decir que sus canciones acompañaron mi primera copa de Whisky o que tuve mi primera caricia con su voz de fondo. Me encantaría poder inventarle a su música recuerdos fantásticos, hermosos o simplemente amorosos, pero la voz llegó tarde.
Escuche por primera vez a Vic Chesnutt a los diecisiete años un día en el que accidentalmente tomé uno de sus discos, no recuerdo cual, de la tienda donde trabajaba porque sabía que Michael Stipe tenía algo que ver. Esa vez me pareció uno más, folk simple pero limpio. Era aún muy joven y pensaba que el gran ritmo de las guitarras era el dolor por las mujeres.
En 2003, en un sábado insignificante, compré el West of Rome por cincuenta pesos. Conocía su nombre pero no le daba mucha importancia hasta esa tarde que lo compré porque estaba nuevo y ese precio era porque había comprado otros dos discos. Durante esa semana su voz me recordó a todas esas cosas que comenzaba a disfrutar, esas nuevas cosas “indie” que me emocionaban, esa nostalgia extraña que no sufre por unos ojos sino por la humanidad. Y me di cuenta que todo lo que disfrutaba estaba ahí, en su voz. El resto es historia. Ese año sacó disco y lo compré. Desde ese año, he querido dotar a sus canciones de noches sombrías, de tomar copas y terminar a las cinco de la madrugada con su voz, pero nunca ha sido así. Desde esa tarde su presencia es muy recurrente, como un amigo silencioso que dice lo exacto sin revuelo en los días menos pensados. Con Chensutt nada de intensidad todo había simple idilio de belleza y sencillez sin motivos para contar.
Pero la historia cambio el 24 de diciembre. Vía las revistas del Indie me enteré que estaba en coma. Me puso un poco inquieto saber que una mente tan educada con camino por recorrer estaba desapareciendo. Al día siguiente la gente caminaba normal, con zapatos nuevos, yo leía y nada salía sobre él. Aproximadamente a las dos de la mañana, tiempo de París, vi el anuncio de su muerte. Me queda frío. Me acosté. Me puse mis audífonos y por primera en vez en mi vida termine la madrugada escuchando a Vic Chesnutt.
Este es mi pequeño homenaje a un compositor genial.
Gracias Vic.
Foto de Steven P. Marsh