Tras la dura prueba de la tempestad, el Duncan quedó averiado, de modo que no se podía contar con la propulsión a vapor, debiéndose confiar en la capacidad del buque como velero hasta encontrar un puerto adecuado para la compleja reparación. Así pues, utilizando su velamen el Duncan llega hasta el cabo Bernouille donde sus tripulantes son recibidos por un hospitalario colono de origen irlandés.