Es necesario comenzar explicando que fue lo que pasó allá en el 2015. Después de recibir la llamada de la embajada argentina, sobre que cancillería me estaba buscando, entré en pánico. A tal punto que hice algo que no había hecho nunca en mi vida. Llamé a mi pareja y llorando le dije: ”Me encontraron, me encontraron. Por favor ven a casa”. No soy ese tipo de persona. No ando llamando a la gente pidiéndole que me vengan a rescatar, pero ese día me dio un ataque de pánico tan fuerte que pedí ayuda. Esta reacción en realidad tenía que ver con algo que pasó unos meses antes, cuando casi al finalizar mi viaje anual a Buenos Aires, decidí ir a Abuelas de Plaza de Mayo para hacerles las últimas preguntas sobre qué pasaría si de hecho yo dejase el ADN y se encontrase una familia. Yo entiendo que para la mayoría de la gente, viéndolo desde afuera, parecería bastante irrelevante. Es decir, al lado de resolver un crimen de lesa humanidad y recuperar mi identidad biológica cualquier cosa parece irrelevante. Pero para nosotros, que estamos de este lado, no lo es. Así que en mi opinión, todo aquel que tenga algo que decir al respecto, si no se encuentra en la misma situación en la que nos encontramos nosotros que tenemos que afrontar tal decisión, que se llame al silencio. Para mi al menos, era algo en lo que pensé durante 13 años, antes de poder tomar el gran paso. Y de hecho me había decidido que lo iba a hacer. En ese mismo viaje, me senté por primera vez con mi papá y le informé que ya era hora. Que las abuelas estaban grandes y que ya no podía esperar más. Él, para mi sorpresa, me contestó “ que me parece muy bien” y que “si alguna vez hubiese sospechado que vos venías de una de esas familias, nunca lo hubiese aceptado”. Mi papá me dio permiso. Esto también estaba sucediendo porque dos años antes, mi mamá antes de entrar en ese coma inducido por la morfina cuando ya el cáncer avanzó y no hay vuelta atrás, le confesó a mi tía que “ espero que Natalie encuentre a su madre biológica”. Todos sospechábamos que yo era hija de desaparecidos. Según lo que yo había entendido hasta el momento es que dos cosas sucederían si mi ADN coincidía con algún ADN del banco genético de Abuelas: Por ley, se cambiaría mi identidad y pasaría a tener el apellido de mi familia biológica Se iniciaría un proceso legal y una investigación para determinar si mi papá tuvo algo que ver con el robo de bebés sistemático de la dictadura militar. Esto para mi significaba sobre todo dos cosas: Mi pasaporte alemán pasaría a no ser válido (lo cuál es realmente molesto si una vive en un país europeo desde hace 13 años, ya que como todos sabemos, no es fácil conseguir una visa como argentina para quedarse en Europa) y segundo y aún más importante, talvéz lo más importante, mi papá la iba a pasar muy mal. No fue una decisión fácil, pero ya la había tomado. Así es que me presenté en Abuelas en marzo del 2015 a hacer las últimas preguntas para después volver a Suecia y dejar el ADN ahí, en la embajada argentina. Con la mala suerte que me atendió un sujeto nefasto que durante una hora me trató de convencer de dejar el ADN ahi en ese momento y finalmente, cuando vio que yo no daba brazo a torcer, me amenazó con que me iban a obligar.a dejarlo. Un psicópata en el lugar donde supuestamente estaban trabajando para reparar los daños de las psicosis de la junta militar del ´76. Si estos son los buenos y me tratan así, imagínense los malos. “Argentina realmente es el reino del revés” pensé y juré nunca jamás acercarme a Abuelas. La peor parte, como siempre, fue que nadie me creía. Cómo podía ser que en Abuelas hubiera alguien así trabajando? No habrá tenido que ver con mi actitud? No lo abre imaginado? Yo que soy tan sensible? Y al fin y al cabo, si yo igual pensaba dejar el ADN, no me daba lo mismo dejarlo ahí mismo? No, no me daba lo mismo. Dejar el ADN como decisión propia, dentro de un contexto donde lo estoy dejando porque soy parte de un hecho histórico donde yo no tuve poder en absoluto y fui víctima junto a mi madre de la decisión de un grupo de personas, y después fui a parar a una familia que nada tenía que ver conmigo, no me da lo mismo. Estaba entregando la identidad que se construyó durante 38 años y el amor de mi papá a cambio de la verdad. Si ese es el precio a pagar que al menos que sea una decisión propia. Me volví a Suecia y cerré esa puerta. Pero me encontraron. Así que me presenté a la embajada y hablé con el juez que estaba a cargo de mi causa. Básicamente me dijo que querían mi ADN, que el caso se había judicializado y que si no lo dejaba voluntariamente, iban a tener que allanar mi casa. Le dije que me diera un mes para pensarlo. Un mes necesitaba, porque viajaba a Argentina para el cumple 75 de mi papá. Necesitaba entrar y salir del país sin que me molestaran. Me dijo que sí. Pero a la semana me llamaron de la embajada diciendo que ya tenían los papeles y que me acercara a dejar el ADN. Me dijeron que el juez les había dicho que accedí. Ahí fue cuando me cansé. Y entendí que si no hay una cámara para filmar todo, nadie me creería. También entendí que en esta época donde todo está en las redes sociales, la gente tiende a comportarse cuando está en frente de una cámara. Así fue que contacté a Simon, un amigo de mi pareja. Simón estaba estudiando guión en ese momento, y ya filmando documentales. Le pareció muy interesante mi historia así que me preguntó si podía hacer un documental de mi búsqueda. Le dije que sí. Mientras que filme todos estos procedimientos y hacía me podía proteger al menos un poco de todos los abusos. De ser así, accedía a ser parte de su documental. Así fue que Simon y yo empezamos a filmar. Porque sin testigos, no hay verdad.