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Para encontrar algo, primero hay que entender qué es lo que se está buscando. Y yo no creo haber entendido que era lo que estaba buscando hasta que toqué las puertas de las mujeres que potencialmente podían ser mis madres biológicas.
La identidad no es una cosa permanente. Hay componentes de la identidad que se modifican constantemente. Hay otros que no tanto. La identidad biológica, por ejemplo, es una de esas que no cambia muchísimo. Es decir, a menos que se hagan tratamientos o intervenciones importantes al cuerpo, lo más probable es que nos parezcamos a algún familiar biológico. Y que heredemos la genética de nuestra ascendencia  biológica.
Si simplificamos la pregunta: Encontraste tu ascendencia  biológica? Entonces  la respuesta es fácil. Es un si o un no.
Pero cada vez que me hacen esta pregunta, la respuesta no es simple, porque yo escucho otra pregunta. Lo que yo escucho es: “Ahora entendés mejor quién sos y que fue lo que pasó en el momento de tu nacimiento, y porqué te abandonaron?
Por eso es difícil encontrar una respuesta simple, porque no es tan simple. Ahora, si fuese ser que encuentro a alguien que biológicamente está relacionado a mi, bueno, sería maravilloso. Porque es algo que nunca tuve y me hace falta. Pero como dije, esa es una respuesta mucho más simple.
En lo que iba de la búsqueda, no me quedaba  en claro qué era lo que realmente estaba buscando. Es decir, tenia un presentimiento, pero no entendía bien. Gracias a las conversaciones con Mercedes Yañez pude ir encauzando un poco que era lo que estaba pasándome. Esa gran pregunta fue el verdadero  viaje. Qué es lo que estoy buscando sanar? Qué pedazo de mi me falta? Y porqué es tan importante?
Si tomo en cuenta que mi búsqueda empezó el día que empecé a sospechar que era hija de desaparecidos, entonces puedo decir que lo que estuve buscando todo este tiempo era aceptar lo que pasó. Y cómo pasó. Y lo difícil es tener que reconstruir la verdad cuando una no la tiene. Las expectativas, el vacío, los sueños y las fantasías que conlleva ese vacío son fuertísimas. Como si mis pies nunca tocasen el suelo. Porque hay una verdad que no entendía. No era tanto eso de encontrar quién soy, ya que a mi edad ya soy quien soy, sino encontrar porqué soy. 
Entonces tocarle la puerta a las mujeres que potencialmente podrían ser mis madres biológicas le puso nombre y apellido a esa fantasía. Aunque ninguna fuera mi madre, todas eran mis madres. Y en sus relatos pude ver y entender algo que sin sus relatos valientes nunca hubiese entendido ni encontrado, y se llama contexto. Estas madres nunca olvidaron a sus hijas. No importaba la razón del embarazo, esa niña que nació no fue simplemente un error que había que corregirlo al entregárselo a otras personas. Esa niña siempre quedó en la memoria de estas madres. Nunca las dejó. La repuesta que yo estaba buscando, se respondió en un gran por ciento. “Como me pudiste dejar ir? Como me pudiste entregar a extraños que sabe Dios que harían de mí? Tan poco valía yo? Tan poco te valía?” 
No me dejaron ir. No había otras opciones. Y la familia que me adoptó no fue elegida. Simplemente estaba ahi, en el momento indicado. Nada más. No fue personal. Yo no lo causé, ni lo controlé. Todo fue. La vida es una ruleta, y te toca lo que te toca. No es justa, no hay reglas. O si las hay son muy difíciles de entender y no está a mi alcance intelectual hacerlo.
Entonces mi repuesta es, si, encontré mucho. Y entendí que al menos en mi experiencia, las madres no se olvidan de sus hijos. Nunca.
Y todo esto no fue personal. No tiene nada que ver conmigo.
Pero eso sí, me pasó a mi.