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Siempre sentí una soledad enorme. Existencial. La sensación de que mi vida fue un error y de que no debería haber nacido me siguió desde chica. Me acuerdo de a veces rezarle a Dios por las noches pidiéndole que me llevase. Al mismo tiempo, no dejar que mis familia supiera esto, para que no se enojasen. Recién a los 17 años le pedí a mis padres de ir a la psicóloga y básicamente desde entonces que voy a algún tipo de terapia. Ser paciente ha sido parte de mi identidad, diría uno de mis mejores amigos. Sí, es verdad. Que sería de mí, si yo no fuese esta? Eternamente rota, eternamente reparándome, eternamente buscando ser otra. El problema fue siempre el mismo: mi autoestima. Y cómo llegamos acá? Qué me pasó que me dejó así? O será que lo elegí esto de ser la víctima eterna? Porque más allá de  que todos estamos un poquito abollados en algún lugar, consecuencia de vivir en el planeta Tierra, lo que siempre más me molestó de mi, es tener esas voces interiores que se encargan de debilitarme todos los días y me hacen tomar decisiones que continúan manteniéndome en un lugar de abuso. Y por supuesto al mismo tiempo saber que está en mí correrme del mismo abuso, y no poder. Ojo, a esta altura estoy mucho mejor que antes, un día por vez voy sanando. Pero así y todo, cada tanto me irrita y me genera aún más odio hacía mi misma el no ver lo bueno en mí y en el constantemente meterme en relaciones y situaciones que confirmen que yo no valgo la pena. Es frustrante. Pero cuando esto llegó a su cúspide fue en el 2008. Había caído víctima de una obsesión con una persona que se dio cuenta cuanto lo admiraba y aprovechó la ocasión para sacarme todo el juego de autoamor que tenía. Sentí que él me veía y esa parte de mi escondida salió a la intemperie para recibir amor. Por supuesto todo tenía que ver con la música. Ese lugar de mi prohibido que había sido criticado sistemáticamente por mi familia, y que me había salvado la vida tantas veces. La música, mi salvación. El único lugar que durante años me había llevado lejos de donde estaba, hasta el día que finalmente me fui lejos de hecho, a Suecia, a comenzar mi nueva vida. Pero en el 2008 y ya con tantos años de terapia encima, más el libro “Las mujeres que aman demasiado” me quedaba en claro que yo no tenía capacidad de elegir alejarme de donde estaba, que yo era mi peor enemiga y que no tenía ningún tipo de poder sobre mi tendencia. Así fue que en agosto del 2008 entré a un programa de 12 pasos. Muy, pero muy de a poco, empecé a desenrollar esta maraña de pensamientos, sentimientos y culpas que llevaba por dentro. Y eso que recordemos, yo ya venía haciendo terapia hace rato. Muy de a poco fui rompiendo la negación y viendo lo que realmente había por debajo. Pero muy de a poco. Porque lo que hay por debajo de las adicciones son monstruos con dientes filosos y garras afiladas, acompañadas de la voz asesina de la culpa. En las palabras de Gabor Maté “no te preguntes porqué la adicción, preguntate porqué el dolor”.  Es realmente irritante verse reaccionar como codependiente. Es como si otra entidad de repente tomase el control del cuerpo de una y antes de poder frenarlo, ya está diciendo palabras que una no quería decir y moviendo el cuerpo para donde una no lo quiere mover. Cuando estoy en lo que en los 12 pasos se llama “en carrera”, es muy difícil conectarme con mi verdad, saber lo que me pasa, tomar decisiones, poner límites o removerme de situaciones abusivas.  El miedo a perder a la gente que me rodea me genera pánico y me transforma en la perfecta víctima. “Yo sólo quiero que me quieran, y que se queden a mi lado”, dice mi niña interior, preparada a pagar el precio que sea. La peor parte es que siempre encuentra gente que le haga recordar la familia con la que creció para ver si ahora finalmente gana ese amor que no pudo recibir de chica. Y siempre, pero SIEMPRE pierde. Porque el pasado ya pasó. Lo único que se puede hacer es aceptarlo. Aceptar la realidad, el dolor y  llorar. 
Esta soledad existencial no es sólo de los adoptados. Todos la llevan por dentro. Nacimos y morimos solos. Y somos nosotros los que tenemos que vernos a nosotros mismos, sentir compasión por esa historia, darnos el tiempo de procesarla, frenar todos los días un ratito y preguntarnos como andamos, para curar esa soledad. La meditación por ejemplo ayuda muchísimo. El participar de grupos con gente que tuvo o tiene las mismas experiencias de vida también. Hay que romper el silencio. Romper con la vergüenza de lo que sentimos y pensamos para que no nos carcoma por dentro. Al fin y al cabo, todos queremos ser vistos y amados por quiénes realmente somos. Eso es universal.
Y ahi vamos los adoptados. Como nadie sabe realmente de que estamos hechos y que significa la identidad, es decir hay muchas teorías pero nadie sabe realmente, sobre todo nadie sabía  en la época donde yo fui adoptada, se presumió que era simplemente recibir una nena y criarla en un contexto y la nena como tabula rasa que era crecería para ser idéntica a su familia adoptiva. Talvez el primer problema comenzó cuando me fueron a buscar a lo de el médico que me vendió. El doctor Celestino Bartucca. Según lo que me dijo mi mamá, les habían prometido una nena rubia, y cuando llegaron era yo. Me lo contaba siempre marcando la decepción. Lo fea que era. Inclusive años más tarde me enteré que al día siguiente de haberme adquirido, me llevó a lo de la vecina y preguntó si no le parecía que yo era “muy negrita”. La vecina se horrorizó y se lo contó a mi otra vecina, quién ha sido como mi tía, que me contó esta historia en el 2010. Y gracias a Dios por eso, porque a veces pienso que todo esto me lo inventé. Yo era una tabula rasa, con el pequeño detalle de mis genes. Genes que una y otra vez me repitieron eran de “negrita villera”. Y esto claro, según los valores racistas de la sociedad, vendrían a ser los peores genes del acervo genético. Demás está decirlo, que realmente no ayudó el haberme criado en la sociedad alemana post Segunda Guerra Mundial de Buenos Aires.
El pasado hay que aceptarlo. Y yo viajé a Buenos Aires en junio del 2022  a tocarle las puertas a mis posibles madres biológicas para hacer eso. A ver si podía aceptar mi realidad. A ver si podía dejar de culparme, a ver si podía entender que me estuvo pasando todo este tiempo y porque esa soledad interminable que me hace caer de rodillas frente a mi codependencia. Fui a Buenos Aires a ver si podía reparar ese pedazo de mí que no podía abrazar, porque seguía sintiendo que era mi culpa el que me hubiesen entregado a otra familia. Que yo era un error, una molestia. Que nunca debería haber nacido. Que aparecí en este mundo y desde entonces estoy tratando de ser alguien que valga la pena ser querida. Tratando de explicar que no vine a sacarle el lugar a nadie. Que soy buena, y sobre todo leal. Yo no abandono. Nunca. Me quedo hasta el final aunque me destruya. El Titanic se hunde y yo voy a estar en la banda tocando. Y vale la pena quedarse a mi lado porque...

“Por favor quédate a mi lado. 
Por favor no me sueltes mamá, que este mundo me da miedo. 
Por favor mamá que lo que viene va a ser muy duro. 
Yo prometo ser la mejor hija si me dejas que me quede a tu lado.”

Y acá podría terminar este capítulo sobre mi codependencia.
Pero pensándolo mejor, le voy a dar unos minutitos más. Hace no tanto leí un artículo, sobre la relación entre los adoptados y la adicción, la depresión, los suicidios o intentos de suicidio, los divorcios, la incapacidad de mantener relaciones afectivas funcionales y ciertas enfermedades.
Nuestras tendencias autodestructivas son evidentes. Hay un ruido por dentro que no estamos pudiendo calmar. Como si tuviésemos un llanto por dentro que es inconsolable. Pero como es tan difícil identificarlo, aceptarlo, hablarlo, ese ruido se convierto en un vacío pesado y estático. 
Por supuesto que no somos todos iguales. No todos sentimos o vivenciamos lo mismo. Mucho va a depender de la nueva familia que nos adopte. Pero las estadísticas hablan por si mismas.
El dolor es inevitable. En esta vida todos vamos a sentir dolor en algún momento. Pero el sufrimiento no es necesario. 
Yo el alivio lo encontré en el programa de doce pasos de codependientes anónimos. Y a pesar de que mi codependencia todavía domina mis días, voy encontrando el amor a mi misma, entendiendo a esa niña que tanto añora que la amen y que hace cualquier cosa por que se queden a su lado. 
Algún día talvez sea libre.
Mientras tanto rezo la oración de serenidad
Dios concédeme la serenidad 

para aceptar lo que no puedo cambiar 
Valor para cambiar aquello que puedo
Y la sabiduría para reconocer la diferencia

Gracias